Por favor, no se lo crean. No es cierto que no podamos pronunciarnos sobre un libro que hemos decidido no leer tan pronto supimos de su más o menos inmediata publicación. Si nuestro apriorismo es tan rotundo, esa voluntad previa implica un rechazo cargado de razones, que podrán ser todo lo rebatibles que se quiera, pero también todo lo plausibles que imaginarse cabe. Viene ello al caso por el frenesí informativo que está ocasionado el libro que tiene por título «La soledad del juzgador»; su autora es doña Elisa Beni, periodista y esposa del juez Bermúdez, cuya celebridad mediática le viene dada por haber presidido el tribunal que juzgó los horrendos acontecimientos del 11-M.

Ni pongo en duda -faltaría más- el rigor y el buen hacer del magistrado en el juicio. Ni tampoco se me ocurre ni siquiera por un momento pensar que en el libro de la señora Beni se desvelan informaciones inapropiadas desde el ámbito jurídico. Mi negativa a leerlo obedece sobre todo a una casuística que tiene que ver, en primer término, con la apariencia de las cosas, algo que, a poco que se conozca la historia del pensamiento, contra lo que pudiera pensarse, no es baladí. Y, en segundo lugar, el apriorismo para no leerlo deviene también de una mera cuestión de perspectiva. Y es que, por contradictorio que pueda parecer, como admirador de ese subgénero literario que conocemos como Diario íntimo, cuya cumbre fue Amiel, hay intimidades que sólo puede contar el propio implicado, ficticio o real. Aquí no se da el suficiente distanciamiento espacial y temporal, aquí no hay máscaras literarias; aquí la inmediatez y la proximidad impiden la perspectiva. Por extravagante que en primera instancia se nos antoje, un diario íntimo, meritorio literariamente, se asoma a abismos que va creando y avistando. Con ello, el distanciamiento -y esto no es paradoja- está asegurado. Quien tenga dudas al respecto, ahí está, entre otras, la obra de Walter Benjamin para atestiguarlo.

Nadie pone en duda -obviedad mayúscula y grosera ésta- el derecho de doña Elisa a publicar este libro, haciendo noticia de los avatares vividos por su marido. Tampoco parece cuestionable que toda una pléyade de potenciales lectores consideremos que la obra publicada que aquí nos trae no sea precisamente un paradigma de elegancia.

Aquí no se dirimen criterios de calidad literaria. Aquí lo que se pone sobre el tapete es bien distinta cosa. Autora y editorial juegan con la favorable baza de que, dadas las circunstancias, el libro que nos ocupa es noticia, por razones que nada tienen que ver con la estética. Ser noticia es garantía de venta segura, probablemente masiva. Bagaje insuficiente a todas luces

¿Y dónde queda la elegancia, o, si se prefiere, la discreción? La justicia, para tranquilidad de la ciudadanía, debe estar, y así se ubica, muy por encima de los chascarrillos, muy por encima de lo noticiable en la acepción más superficial de esto último. Si se apunta por parte de quienes se anticipan a interpretar el libro que en él no salen muy bien paradas determinadas personalidades del mundo judicial, la cosa no promete mucho en el sentido de favorecer la fe en la justicia que la ciudadanía necesita y demanda.

El título del libro me parece desafortunado y demasiado efectista, tanto que se incurre en lo facilón. Se supone que quien juzga un acontecimiento no puede prescindir de la soledad, no debe dejarse llevar por corrientes de opinión ni por vendavales políticos y mediáticos. La soledad en estos casos no sólo es inevitable, sino también necesaria. Y hay que contar con ella.

No pierdo de vista que el juez Bermúdez haya sido víctima de ataques injustificados. De hecho, se han celebrado juicios paralelos. Pero eso no justifica un supuesto desquite procedente de la persona con quien comparte su vida. Y es que, volviendo a cuestiones estéticas, de lo más cercano, como los hechos demuestran, se puede hacer excelente literatura. Muy distinta cosa es hacer de ello periodismo al hilo de la actualidad. Y todo parece discurrir en esta última dirección.

Pocos casos hay tan claros como éste en el que la legendaria dicotomía entre el ser y el parecer se salde de forma tan poco alentadora. Pocos casos hay tan claros como éste en que la sospecha de oportunismo sea tan irrebatible. Pocos casos hay tan claros como éste en que la discreción salga tan malparada. Pocos casos hay tan claros como éste en que se haga tan omnipresente aquella afirmación del joven Ortega que anticipaba en no pequeña medida su pensamiento: «El punto de vista crea el panorama».

¿Qué panorama se nos abre con la publicación de este libro? Desdichadamente, aquel en el que no hay asentamiento posible para la elegancia, para la discreción y para la altura de miras. Si la discreción se desemboza, se da paso a lo estridente. Y de eso, de estridencia, estamos sobrados.

Y ahítos.