EL RUNRÚN

Las puertas del teatro están abiertas de par en par. La gente entra y sale en calma, libremente, no se necesita ningún requisito, no hay normas, basta con querer estar allí. Pisas los escalones al atravesar el umbral y notas que en ese momento son un poco tuyos, y de nadie, que viene a ser lo mismo, y respondes al saludo cómplice del bedel con alguna palabra inteligible o un movimiento de cabeza. Traes un nudo en el estómago. ( "La tristeza no vuelve inteligente, en la tristeza estamos perdidos", escribe Deleuze.) Cuando quieres, entras en el patio de butacas. Y antes de pasar a formar parte de ella, contemplas unos instantes una imagen rara, imposible pero cierta. La caja de madera suavemente iluminada reposa en el centro del escenario cubierta con la bandera anarquista. Alrededor, algunas mesas redondas, sillas y cuerpos inclinados en distintas posiciones forman una tertulia silenciosa, de figuras leves. Como un extraño cuadro en movimiento en el que tuvieses la posibilidad de entrar.

Nos sentamos debajo de la lámpara de araña en las butacas rojas de la platea. Otros ya llevan bastante rato en su posición. Despidiéndose. Puedes hacer lo que quieras, pero viendo a los demás entiendes que seguramente esa es la mejor opción. Sentarte, mirar, y despedirte. Eso hacen bastantes mujeres con las manos en el regazo, hombres con abrigos gruesos, alguna madre con su hijo y otras gentes desperdigadas en el patio de butacas. Contemplar la idea del cuerpo en calma de un ser querido. Improvisar un rito raro y delicado. Despedirse en silencio, sin perturbar el sueño profundo, cada uno con sus cosas y lo que se le pase por la cabeza. ( "He visto a personas obrar mal con mucha moral y compruebo todos los días que la honradez no necesita normas", escribe Camus.) Cada uno con su cariño privado, con su colección de imágenes intransferible. Una mirada de reojo de la persona querida que ha vuelto a la nada de la que llegó. Su cuerpo desgarbado entre el tumulto de las manifestaciones contra la guerra. El recuerdo de sus ojos brillantes en una de sus últimas fiestas de cumpleaños, cuando sus amigos le homenajeaban, y él pedía que entre todos le entonasen una canción, pero mejor como aburridos, por favor, pensando en otra cosa, que así le gustaba más, como si estuvierais canturreando en un autobús, decía, irónico, y reñía a los que no eran capaces y se salían de madre poniendo su voz por encima de la de los demás.

Los que están en el escenario nos miran, nosotros los miramos a ellos. La vida se agarra rabiosa entre unos y otros. De vez en cuando alguien pone un papel en un atril y lee una poesía de Fernando Fernán-Gómez al lado de su caja de madera. Nos la lee a nosotros o a él. De tan inútil, resulta bello. Cuando acaba le aplaudimos. Y otra vez nos volvemos a callar. Cada uno con sus cosas en la cabeza. Ponemos la mirada en su foto, a lo alto del escenario. Es tan grande que no la habíamos visto. Recorremos sus rasgos conocidos. La imagen revela un instante locuaz, una mirada por sorpresa a una paloma que interrumpe su lectura. Algunas mujeres suben al escenario y se santiguan delante de la caja de madera que está cubierta por la bandera anarquista. Les sale un gesto anárquico. Salvaje como lo era él. Esta muerte real en un escenario parece formar parte de una ensoñación y en cualquier momento se te puede pasar por la cabeza que el que está dentro de la caja eres tú. Y la certeza tranquila de que lo serás. ( "Los días no adquieren sabor hasta que uno escapa a la obligación de tener un destino", escribe Cioran.) Ahora alguien se inclina sobre el atril y lee otra poesía que habla de soledad. Antes de empezar a sentirte muy solo en la butaca te acuerdas otra vez de Deleuze. En la tristeza estamos perdidos. Aplaudimos un poco. Este velatorio es surrealista. Otra pequeña obra de arte de las suyas. Podríamos quedarnos aquí mucho tiempo.