O mucho me equivoco, o la paz entre Israel y Palestina no va a nacer en Annápolis. En el momento de escribir estas líneas tan pesimistas ya tengo sobre la mesa el compromiso alcanzado por Israel y Palestina para no romper las negociaciones hasta lograr una convivencia pacífica entre dos Estados. Y también acabo de leer el discurso pronunciado por Bush en el Departamento de Estado, en el que subrayó el objetivo común de los cuarenta países invitados: «Dos Estados democráticos, Israel y Palestina, viviendo uno junto al otro en paz y seguridad». Tenemos, pues, el objetivo, el mismo que centró todas las cumbres y provocó todas las guerras en los últimos cincuenta años, pero no tenemos ninguno de los propósitos que podrían conducirnos a un resultado diferente.

Todos sabemos que en Israel no caben dos Estados soberanos, y que la idea de un Estado palestino solo puede servir para prolongar la engañifa de una cárcel de oro -o una autonomía trampa- en la que los palestinos asumen la responsabilidad política de su propia desgracia. Israel no sería viable si Palestina fuese capaz de establecer alianzas políticas y económicas no vigiladas. Y así no hay paz.

Todos sabemos que la política exterior de Estados Unidos está experimentando un giro imperialista muy preocupante, en el que las relaciones internacionales se organizan sobre el maniqueo principio de los ejes del bien y del mal. Lejos de ser una pura equivocación, ese esquema está pensado para rentabilizar, en lo político y lo económico, el potencial bélico americano. Y por eso es evidente que este modelo necesita mantener la agresiva y contundente preeminencia militar de Israel. Y así no se hace una paz.

También sabemos que una paz basada en la separación étnica -con un pueblo demográficamente dinámico y empobrecido y otro en continua regresión demográfica que necesita la religión y la guerra como mecanismos de cohesión y regeneración- es pan para hoy y hambre para mañana, como así ha sido, en medio de tratados y declaraciones, durante los últimos sesenta años. La idea de que ambos pueblos están agotados, y que por eso han aumentado su disposición para la paz, es buena para los tiempos de Richelieu y para explicar la Paz de Westfalia, pero en modo alguno describe una situación como la de Israel, brazo armado de Washington, que puede mantener un conflicto permanente, o un armisticio abusivo, pero que es incapaz de ganar la paz por el consenso y la lealtad.

Si se quisiese la paz entre Israel y Palestina no habría más camino que pacificar y democratizar el Medio Oriente. Pero si lo que se siembra es guerra, odio y terror generalizado, Israel seguirá haciendo de gendarme. Y los palestinos, de parias.