Lechuza de 'ZP', de Raúl del Pozo en El Mundo
VICIOS DE LA CORTE
He visto muy preocupado al presidente del Gobierno en el porche de Moncloa. Si me creo lo que dicen de él los amigos más cercanos, 'ZP' quiere, naturalmente, que su partido gane las elecciones de marzo, pero en caso de perder, cogería el paraguas y a las dos niñas, y se volvería a León, como si tal cosa, porque no está afectado por la leyenda fatídica de Moncloa. Entonces, si inaugura una instalación fotovoltaica con placas en el jardín para consumir luz limpia es porque piensa, efectivamente, que no existe un problema mayor que el cambio climático. Cuando enuncia un nuevo contrato de los españoles con el planeta es porque cree que estamos ante el desafío más grande que se cierne sobre la Tierra.
Pero yo, sin hablar con mi primo, me pregunto: ¿no será esta última religión laica un ardid de ecologistas de pesebre y de políticos oportunistas? ¿Es posible que por darnos laca estemos fundiendo los icebergs? ¿El tubo de escape de los coches apuñala la capa de ozono? No creer lo que dicen, casi por unanimidad los científicos, sería una necedad, pero a estas alturas de los fracasos de las quimeras es lógico pensar que si hubo glaciaciones y diluvios universales, si los océanos estuvieron en las montañas y las montañas en los océanos, sería grotesco que el equilibrio planetario se desbaratase porque nos afeitáramos con un aerosol.
No a la energía atómica, dicen los del Gobierno. Entonces, si el Big-Bang fue una gran explosión, si la expansión de electrodos y neutrones aún sigue extendiéndose, ¿la Tierra puede peligrar por la avería de una central nuclear?
Piensan los científicos y los poetas que somos átomos, apenas chispas de un incendio nuclear, polvo más polvo enamorado; vivimos en los suburbios de una galaxia modesta; no sabemos ni de dónde coño venimos ni a dónde vamos. O sea, cualquier teoría es provisional, insuficiente. Lo que ya sabemos es que la ola de extinciones se acelera y que, cada hora, tres especies desaparecen.
En todo esto pensaba yo cuando me ha llamado un amigo de la niñez y me ha contado que ya no se ven lechuzas en la Ciudad Encantada.
Cuando éramos niños y caminábamos por las sendas de la noche, teníamos pavor a las lechuzas que nos observaban con sus grandes ojos. Nos decían que eran los ojos de los muertos. Cervantes habla del triste canto del envidiado búho. Hay mucha confusión entre el búho, la lechuza o el mochuelo de Atenea. Los antiguos creían que el búho es ave de fúnebre presagio.
Si ya no hay lechuzas en la Sierra de Cuenca, si han desaparecido millones de abejas y hasta 700 especies de mariposas, si en los valles de mi niñez se han contaminado los vocablos y han cambiado las motas carmesí de las truchas en los ríos escoltados por avellanos, tal vez ZP tiene razón y estamos a punto de una escabechina.
La lechuza era el símbolo de la lucidez.
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