John Kenneth Galbraith denunció, tiempo ha, la engañosa asociación que existe entre dinero e inteligencia. La ecuación de que los ingresos son directamente proporcionales al talento especulador es tan falsa, a largo plazo, como pretender que el imperio de la astucia y el fraude se impondrán al conocimiento. Si Ho Chi Minh levantara la cabeza observaría que 14.000 discípulos vietnamitas han iniciado una huelga contra las condiciones draconianas que les impone una empresa autóctona subcontratada por la multinacional Nike. Si viviera, el padre del comunismo indochino comprobaría que su proclamada confiscación de las compañías imperialistas ni siquiera sirve para intervenir a los fabricantes de suelas de zapatillas deportivas. Las empresas multinacionales, cuyos tsunamis externalizadores convierten a cualquier antiglobalizador en un simio entrañable en fase de extinción, son conscientes de que su explotación es inexpugnable. Poco importa que un empleado vietnamita o un niño indonesio trabajen catorce horas al día para ganar 50 dólares al mes. Sí, somos monstruos. Compramos calzados deportivos por cien euros o más, que en origen se facturan, en el mejor de los casos, por un diez por ciento de esa cantidad. Es más, la mano de obra asiática apenas si supone el 1% del coste bruto del producto. Cualquier día de estos reinventaremos el esclavismo y hasta la rueda. Pero no olvidemos, como sostiene el filósofo esloveno Zizek, que el moralismo occidental que promueve campañas de boicot a productos fabricados por asiáticos explotados sólo sirve para limpiar nuestra conciencia a costa de acrecentar la miseria de los esclavos.
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