EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 84

Ideas las tenemos todos, lo que importa es pintar un gitano con un burro. La frase es de Valle-Inclán y Umbral la emplea para explicar que el primero no es un intelectual sino un artista. Tampoco Umbral es un intelectual, aunque haya libado en todos los pensamientos, sino un poeta y un prosista artístico. ¿Qué es un prosista artístico? El que confunde la sintaxis con la joyería y el adjetivo con la lentejuela, contesta el propio Umbral. Sólo que él no cae en esa confusión sino que usa la sintaxis y los adjetivos con el arte de quien domina los recursos expresivos de los clásicos y los modernos, la sabiduría de un filólogo intuitivo y muy leído y el dandismo de un elegido de las musas, a quien las palabras le han rendido sus más íntimos secretos.

Sus libros Las palabras de la tribu y Diccionario de Literatura son una impresionante galería de retratos de los escritores españoles del siglo XX. Mientras los leía, yo me decía: «¡Qué lujo sería Umbral como profesor en la facultad de Periodismo!». Se lo dije una vez y me contestó: «No tengo espíritu docente, aunque luego dicen que doy clases muy bien, amenas y diferentes. Pero si pagan bien...».

Le invité a dar una conferencia, casi bien pagada, en la cátedra Ortega y Gasset, que yo dirigía en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense. Se presentó Umbral con el pie izquierdo escayolado, como enfundado en un botín blanco de piqué. Bajó las escaleras del vestíbulo al Paraninfo en un artefacto recién instalado para uso de inválidos. A los estudiantes que le esperaban se unieron otros atraídos por su espectacular aparición. Resultó una bella lección; transcurridos los años, algunos asistentes me la recuerdan. El paso siguiente, guiado por el decano de Ciencias de la Información, Javier Davara, del rector Rafael Puyol y Pilar Palomo, como promotora oficial del trámite académico, fue la concesión del título de doctor honoris causa por la Complutense de Madrid. De esta suerte el otrora iconoclasta y escritor maldito entraba por la puerta de los grandes maestros en la universidad española.

Meses antes, Umbral había terminado Valle Inclán: los botines blancos de piqué, libro en el que pensó desde los 14 años, y por el que corren su sangre, su vida y su memoria. «Al fin -escribe- había encontrado [en Valle] el cuerpo desnudo y barroco de la literatura, el tesoro vivo y viviente del idioma, aquello que iba a ser mi vida, que iba a arropar mi orfandad con trabajo, dinero, pasión creadora y pequeños logros, tampoco aspiraba a más».

Al remate del Valle, su libro necesario, Umbral ya es el personaje literario que quiso ser, liberado de los exabruptos, provocaciones y exhibicionismos que utilizó para llamar la atención, como antes que él lo hicieron Ramón Gómez de la Serna, César González Ruano y el mismísimo Azorín. Luego escribió: «Estando ya mi casa sosegada me espera la melancolía, el miedo, la desolación, la nada». Y siguió produciendo uno o dos libros al año y cultivando su huerto cerrado Los placeres y los días.

Porque los columnistas, como los viejos roqueros, de los que algo tienen, son unos viejos muchachos que nunca mueren. (De su discurso de doctorando)

Doctor honoris causa y académico de la Española por omisión, según Cela, con estos títulos o sin ellos, que para nada los necesitaba, Paco Umbral fue mucho Umbral.

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