CONFERENCIA SOBRE ORIENTE MEDIO EN ESTADOS UNIDOS

Habría sido deseable que la conferencia de paz en curso se inspirara en la convención 1786, que preparó la Constitución y la independencia de Estados Unidos. Sin embargo, si hemos de juzgar por lo limitado de su agenda, en cuanto termine la compleja ceremonia inaugural y empiece la verdadera diplomacia, Annapolis 2007 entrará en el léxico diplomático como otra cumbre que sacrificó la paz en favor del proceso.

Lo más probable es que la reunión ayude más a esas dos presas fáciles, Olmert y Abas, que a la causa de la paz en Oriente Medio. También ayudará al presidente de la paz a silenciar a los detractores internos de su política en Iraq, del mismo modo que el presidente de la guerra intenta aislar a sus rivales en Oriente Medio, como Irán.

Si los preparativos de la reunión pueden servir de orientación, el día siguiente de Annapolis promete aportar nuevas dosis de ese mismo rechazo israelí a los plazos, los marcos o los principios para las negociaciones que hemos visto hasta ahora. Israel ha logrado con la ayuda de Washington que cualquier progreso negociador esté condicionado a una plena aplicación palestina de las absurdas exigencias de seguridad marcadas por la hoja de ruta internacional para la paz, redactada por Estados Unidos, y por las reservas israelíes al respecto.

Según el Gobierno israelí, la incapacitada Autoridad Nacional Palestina (ANP) debe destruir la "infraestructura del terror" ilegalizando a los grupos similares a Hamas y encarcelando a sus militantes. Más que producir progresos, semejante dinámica sólo puede conducir a retrocesos, si es que no provoca una guerra civil. También convierte todo el empeño diplomático en rehén del sabotaje de la oposición de ambos bandos, puesto que hace depender la libertad de todos y cada uno de los palestinos de que se garantice la seguridad de todos y cada uno de los israelíes.

Los intentos anteriores, el acuerdo de Oslo firmado en Washington en 1993, el acuerdo interino firmado en 1995, así como la hoja de ruta internacional del 2002, han tratado - sin éxito- de alcanzar la paz mediante un proceso bilateral dictado por Israel y supervisado por su aliado estadounidense.

Desde la firma del acuerdo de Oslo entre palestinos e israelíes, otros seis acuerdos interinos han dado lugar a una paz desequilibrada que privilegia a los israelíes, discrimina a los palestinos y alimenta la inestabilidad. A diferencia de la paz basada en el equilibrio de poder (Egipto e Israel), el proceso diplomático entre Israel y los palestinos refleja un desequilibrio crónico entre una ocupación agresiva incapaz de imponer su voluntad y unos palestinos maltrechos pero poco dispuestos a rendirse.

En lugar de llegar a un acuerdo de paz global, Israel ha insistido en acuerdos interinos que le permiten dictar el ritmo del proceso transicional en el que los acuerdos se alcanzan por fases y se aplican por etapas, disponiendo del poder de veto. Para poder cumplir con sus responsabilidades cívicas o negociar la libertad de su pueblo, la ANP ha tenido que demostrar a Israel su valía en la seguridad tomando medidas enérgicas contra los extremistas.Al final, el proceso de paz que había prometido a los palestinos libertad y unidad sólo les ha dado desesperación y división.

Tras el fracaso de la cumbre de Camp David en el 2000, el primer ministro Ehud Barak despreció a la ANP y consideró que "no era un socio" para la paz; su sucesor, Ariel Sharon, llegó a protagonizar lo que el sociólogo israelí Baruch Kimmerling ha llamado un "politicidio" contra los palestinos, la destrucción de la infraestructura política y de seguridad de la Autoridad Palestina. Los castigos colectivos de Israel y la expansión de los asentamientos judíos, que se han triplicado desde el inicio del proceso diplomático, han aparecido como el motor de la inestabilidad y la violencia. Esas políticas han aumentado las tensiones e intensificado la repulsa a las negociaciones tanto entre los palestinos como entre los israelíes. Insatisfechos, los israelíes han cambiado seis gobiernos en doce años; y uno de ellos asesinó al primer ministro Yitzhak Rabin. Sintiéndose traicionados, los palestinos se han mostrado cada vez más amargados y divididos a medida que el círculo de la violencia se alimentaba de las acusaciones contra Al Fatah de hacer el trabajo sucio de Israel y contribuía a la popularidad de Hamas, en tanto que desvalido político y portavoz de los marginados.

Una decena de años más tarde, la pobreza de los asediados territorios palestinos sólo tiene parangón en la angustia de una sociedad israelí en un callejón sin salida. Cuanto más aumenta el aislamiento israelí de los palestinos tras los elevados muros de hormigón y alambradas, mayor es la segregación del gueto de las comunidades y los asentamientos judíos al otro lado de las torres de seguridad.

Por todo ello, para tener éxito, un futuro proceso diplomático debe ser corto en el proceso y largo en la paz. Se trata de algo posible si se cumplen tres condiciones. En primer lugar, las negociaciones deben iniciarse con una sólida base legal, con un marco temporal limitado y el final bien definido de la solución de dos estados separados con las fronteras de 1967. Lo mismo cabe aplicar a Jerusalén, una ciudad abierta y capital de los dos estados. Todos los cambios del trazado fronterizo deben negociarse sobre la base de un intercambio de territorios iguales. Asimismo, ninguna solución es posible si Israel no admite su responsabilidad histórica y moral en la cuestión de los refugiados con un espíritu que facilite aplicar su derecho al retorno con formas justas y creativas.

En segundo lugar, las medidas de seguridad deberían aplicarse como parte de un compromiso integrado y bilateral para salvaguardar las vidas y las propiedades, no como medio unilateral de degradar a los palestinos y arrebatarles sus posesiones. La mejora de las condiciones de vida de los palestinos, sin miedo, controles de carretera, acosos y cárceles, mejorará las condiciones de la seguridad de ambos pueblos. De la misma manera, la unidad palestina debe verse como un paso necesario que refuerza, no que socava, la seguridad.

Por último, la paz tiene que ser global para que sea duradera; y, por tanto, debería incluir la franja de Gaza y los altos del Golán. En caso de que las partes no pudieran llegar a un acuerdo en el plazo asignado, Israel debería ser presionado para que se retirara de todas las tierras ocupadas en favor de un fideicomiso de laONUo del Cuarteto. De otro modo, carecerá de cualquier incentivo real para hacer un verdadero esfuerzo para tener en cuenta a los palestinos.

M. BISHARA, analista político del canal en inglés de Al Yazira.
Traducción: Juan Gabriel López Guix.