José Montilla ha tenido el acierto de comparar la situación de Catalunya con un vestido, durante su balance del primer año de la acción de gobierno: "El traje se nos ha quedado pequeño, estrecho y las costuras nos tiran por todas partes, y algunas incluso ceden". Ya lo dijo George Bryan Brummel, el máximo exponente del dandismo: "Si alguien se vuelve para mirar tu traje, no es que le guste, sino que no vas bien vestido". Hoy los ojos de España miran hacia Catalunya, no porque el país vaya hecho un pincel, sino porque el pantalón nos queda corto, el botón de la chaqueta no cierra y además se nos sale el forro por el embaste. Y aunque Marco Tulio Cicerón escribió que "bajo un traje desastrado se esconde una gran sabiduría", ni los estudios de la Fundació Jaume Bofill sobre la enseñanza, ni el análisis del Círculo de Economía sobre la iniciativa del personal parecen darle la razón.

El presidente Montilla está dispuesto a ejercer de sastre, a pesar de que los patronajes del tripartito no siempre encajan, pero antes necesita tela que cortar, y eso requiere unos envíos que deben venir de Madrid. Otra cosa es si al final nos saldrá un traje a medida o un prêt-à-porter,pero al menos, si se toman bien las medidas, no haremos el ridículo como nos sucede ahora con nuestro vestido de Carpanta, que era aquel personaje del tebeo de posguerra que soñaba con pollos y vivía bajo un puente, aunque el dibujante nunca se permitió demasiadas licencias con su ropa, que era humilde pero escasa de remiendos, porque su ilustrador, Escobar, siempre pensó que la pobreza es una condición de bolsillo y la dignidad, un estado de ánimo.

El dilema de Catalunya estriba en saber qué estrategia seguiremos si al final no conseguimos la tela suficiente para confeccionar el vestido que el país se merece. Unos dirán que se necesita un nuevo modisto, otros que en la sastrería hay demasiadas concepciones acerca de lo que debe ser el traje, con lo que perdemos la oportunidad de presionar al fabricante de tejidos, e incluso unos terceros se plantearán olvidar al industrial y montar nuestra propia manufactura. Al menos, sabemos que con este traje no vamos a ninguna parte, mientras la gente empieza a mirar con indignación y desapego el guardarropía.

A este país le salva el estilo, que como dijo Coco Chanel es lo único que permanece, más allá de los diseños. Pero, aunque la elegancia sea seña de identidad, hace falta algo más para salir a la calle sin que se noten los rotos y los descosidos de una situación que no se arregla con unos meros pespuntes de modistilla espabilada. En su balance del martes, el presidente de la Generalitat dijo que no pedía la luna, pero sí un traje en condiciones (para la luna se necesita una escafandra y esa no admite que cedan las costuras). Montilla augura larga vida al tripartito, pero sabiendo que en la sastrería no hay más tela que cortar y que o el Gobierno se toma en serio esta situación, o eso no habrá costurero que lo arregle.