Vuelve a recordarnos el director de la Policía y la Guardia Civil, Joan Mesquida -ayer, al concluir la toma de posesión del coronel jefe de la Guardia Civil, Francisco Arribas-, que España sigue en "Alerta dos" por terrorismo, un nivel "muy elevado". Y al mismo tiempo algunos siguen hablando del "siniestro y vergonzante proceso de rendición" del Gobierno ante ETA.

El entrecomillado anterior lo firmó el domingo pasado el presidente de la AVT, Francisco José Alcaraz, entre miles de manifestantes nada partidarios de este Gobierno y en vísperas de su cita judicial para responder por un supuesto delito de injurias a Rodríguez Zapatero. Pero no es el único en asignar al Ejecutivo intenciones calumniosas y, sobre todo, absurdas. Como esos indecentes análisis de que ETA apuesta por el triunfo electoral del PSOE y éste se deja querer. O la no menos repugnante insinuación de que tantos fallos seguidos de ETA empiezan a resultar "sospechosos".

No hay forma de conjugar el supuesto entreguismo del Gobierno con el peligro real de un atentado terrorista en el que, por primera vez en estos últimos meses, tengan suerte los etarras y dejen de tenerla las Fuerzas de Seguridad del Estado. Es de imposible acomodo mental la idea de que ETA sintoniza con el Gobierno mientras le obliga a redoblar la vigilancia policial ante el alto riesgo de atentado.

Ante la que le está cayendo encima a la banda terrorista y su entorno, con continuos golpes policiales y los dirigentes de Batasuna encarcelados, sólo en casos flagrantes de lo que en Psicología se denomina "disonancia cognitiva" se puede insinuar que ETA y el Gobierno se entienden bajo cuerda. O que están esperando al segundo tiempo, tras las elecciones de marzo, para reanudar las negociaciones, según la doctrina Mayor Oreja.

No se queda ahí el ex ministro del Interior. Ha llegado a afirmar que el Gobierno ha pactado con ETA la exclusión del PP de la vida política. Siguiendo a León Festinger, el autor de esas teorías de la autojustificación -se intenta buscar la coherencia entre dos ideas contradictorias-, el pensamiento de Mayor Oreja sólo puede desembocar en la siguiente conclusión: Si el Partido Popular pierde las elecciones de marzo, no será por decisión de los votantes sino por este pacto de Zapatero con ETA.

He ahí otra prueba flagrante de "disonancia cognitiva". Porque es imposible conjugar la fe en la democracia -no puede negarse lo que dice un recuento de votos- con un entreguismo del Gobierno no detectado por los electores. Salvo que se apueste por la conspiración y el pacto por debajo de la mesa, a la espera de que pase el molesto trámite democrático de una llamada a las urnas, que es el fondo argumental de quienes siguen sosteniendo que ETA y el Gobierno siguen de luna de miel.