TIEMPO RECOBRADO
Fue probablemente a finales de 1676 cuando Gottfried Leibniz se detuvo en La Haya para conocer al filósofo por el que siempre había sentido una profunda fascinación. Aquel hombre se llamaba Baruch Spinoza y estaba en sus últimos meses de vida.
Leibniz y Spinoza permanecieron juntos 48 horas discutiendo la Etica, la obra póstuma de aquel genio que vivía en una habitación cubierta por el polvo de cristal de las lentes que pulía para ganarse el sustento.
Leibniz era 14 años menor que Spinoza, que había adquirido la reputación de hereje y ateo por sus anteriores escritos, que provocaron su expulsión de la comunidad judía.
Es difícil imaginar a dos hombres más distintos que Leibniz y Spinoza. A pesar de su juventud, Leibniz pertenecía a las academias científicas más importantes de Europa y era un pensador y un científico reconocido. Gozaba de la protección del elector de Maguncia, al que asesoraba y representaba como diplomático.
Spinoza, en cambio, no salía jamás de su modesta residencia, carecía de medios económicos y estaba considerado por sus vecinos como un personaje excéntrico y medio loco.
Leibniz, el descubridor del cálculo infinitesimal y del sistema de notación binario de los números, estaba poderosamente fascinado por los trabajos de aquel filosófo místico que hablaba de «una ética demostrada según el orden geométrico».
No sabemos lo que hablaron Leibniz y Spinoza durante aquellos dos días, pero nos podemos imaginar al sabio judío de origen portugués argumentando la naturaleza infinita de la sustancia mientras el científico alemán le rebatía con su famosa teoría de las mónadas como elemento primordial de la materia.
Ambos albergaban concepciones filosóficas opuestas en muchos sentidos, pero también tenían importantes afinidades, como su escepticismo sobre el conocimiento empírico.
Pero la principal diferencia entre uno y otro es que Spinoza era un filósofo que creía en una ética de las convicciones, mientras que Leibniz era el perfecto representante de una ética de la acción.
Spinoza estaba convencido de que lo importante era conocer el mundo; Leibniz creía que lo esencial era cambiarlo. Por eso, sirvió a hombres poderosos y se vio inmerso en el ámbito de la política.
Cada uno tiene que hacer sus elecciones en la vida y tan necesarios son los hombres dedicados a la teoría como a la acción. Pero confieso que siento una especial ternura por aquel hereje judío que descubrió la infinitud de la pasión en una pequeña habitación.
© Mundinteractivos, S.A.

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