TRIBUNA

Una de las parcelas de libertad que tenemos los adultos es la capacidad de disfrutar del tiempo que nos reservamos, que no ponemos a la venta. Cualquier intromisión externa en él nos priva de algo que nos pertenece. Quien ha pasado una, dos o incluso más horas en la sala de espera de un médico piensa, entre el tedio y el mal humor, por qué este señor puede permitirse el lujo de hacerte perder el tiempo. ¿Acaso tiene menos valor que el suyo? La frustración se compensa sólo en parte pensando que cambiar de doctor es costoso y no hay garantía de que el sustituto sea más puntual.

Un caso parecido se produce con los retrasos de Renfe y este año las pérdidas de tiempo de los usuarios sumarán millones de horas. El usuario, atrapado por quien no ha cumplido sus deberes organizativos, operativos y de inversión, y sin poder recurrir a la competencia, merece una compensación muy superior a la miseria de devolverle el importe del billete. En los dos casos citados, se genera un coste en tiempo no previsto en el contrato, que recae en exclusiva sobre el cliente y que rompe los cánones universalmente aceptados de que éste siempre tiene la razón y hay que dejarle satisfecho.

En un ámbito distinto del anterior, cuántas reuniones empiezan tarde porque falta gente, y sale el típico "diez minutos de cortesía", que más bien deberían considerarse de pleitesía. Si se decidió empezar a las 11 no se puede empezar antes, porque faltaríamos a un pacto que permite a las personas coordinarse, pero tampoco después, porque comporta la pérdida de tiempo individual y de grupo, ambos valiosos. Quien provoca el retraso decide sobre su tiempo a costa del sacrificio del tiempo del resto del grupo. Si el que llega tarde no es el jefe o un cliente (en este caso habrá que esperar dentro de límites razonables), la corrección del problema es fácil, empezar a la hora.

Nuestra economía se ha dotado de mecanismos que protegen la propiedad privada material, pero no el tiempo propio, que fácilmente puede ser dispuesto por otros que no le dan valor, incluso en relaciones mercantiles. ¿Las soluciones de los ejemplos? El doctor, algo de organización; Renfe, competencia, penalización pública por incumplimiento y resarcimiento al perjudicado, y en las reuniones, cumplir horario, como el admirado Monzó en Frankfurt. Los tres casos con el denominador común del necesario respeto al tiempo ajeno, que no es objeto de transacción. Y si alguien quiere disponer de él, que pida permiso o que pague el precio que toque.

Modest Guinjoan. Economista de la UPF.