AL ABORDAJE

A los niños de los Países Bajos todavía les incitan a comer bajo amenaza de que, si no lo hacen, vendrá el Duque de Alba y se los llevará. De igual forma, el hombre del saco o coco malo que sobrevuela la hora de la sopa en los hogares progresistas es José María Aznar, quien carga con una leyenda negra suspendida sobre su cabeza como las nubes particulares de los tebeos que le convirtió en chivo expiatorio del 11-M por delante de Al-Qaeda y que aún perdura en la inercia del agit-prop con una vigencia que tiene tintes de venganza retrospectiva por el poder ejercido con los pies sobre la mesa. Es probable que el propio Aznar haya regurgitado el maltrato como resentimiento, tanto es así que Francisco Umbral supo ver en la FAES un último búnker como el de Joachim Fest donde seguir desplazando sobre los mapas ejércitos ya derrotados.

Pero, mientras Rajoy apenas inspira un menosprecio compasivo, permanece intacta la patología del odio puro a Aznar, con el que siguen haciendo chistes ajados los falsos humoristas de la insurgencia que tienen indultado al Gobierno actual por apego sectario. Esos, como los airados de pegatina en la solapa, contra Aznar vivían mejor, degustaban el narcisismo de conciencia del contrapoder, y apenas se ejercitan ahora con pasiones menores recurriendo a Acebes y Zaplana.

Con motivo de la intoxicación sobre su separación matrimonial, la obsesión anti-aznarista ha invadido un espacio que parecía protegido por los códigos de comportamiento mafiosos: el de la vida personal. Lo de menos es la desfachatez de que sea María Teresa Campos la que haya contribuido a propagarlo: ella, la que cuando Telecinco hizo picadillo con los avatares sentimentales de su hija, primero llamó «gilipollas» a Vasile -aún no le había hecho una oferta para volver-, y luego se postuló como adalid del purismo ético llamando a Cruzada contra los profesionales de Ciencias de la Difamación, disciplina en la que acaba de sacarse un máster sin salir de debajo del secador de pelo.

Lo significativo es esa vuelta de tuerca que consiste en arrojar a Aznar al lodazal de lo rosa para socializar su linchamiento, que así no tendrá lugar únicamente en los ámbitos más o menos exquisitos donde se libran los debates políticos. Los inventores del bulo saben que el Tomate hace más daño a un prestigio que un editorial de Le Monde Diplomatique, del que sólo se enteran tres. Lo hemos comprobado con la Monarquía, cuyo descenso a la minipimer del corazón ha banalizado y averiado la institución mucho más que cualquier pira de fotos quemadas. Lo mismo se intenta ahora con Aznar, recurriendo a la difamación y a la minucia genital, y como no tiene ya poder con el que pagar servicios, ni siquiera le defienden los mismos que se declararon asqueados cuando Miguel Sebastián agitó un retrato de Corulla durante un debate televisado con Gallardón, el del guateque. Permanezcamos en lo de Azores. Lo otro es inmundo.

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