La palabra secularización, en un principio, se usaba exclusivamente en el derecho canónico. Denotaba el abandono de la clausura: el paso de un clérigo sujeto a una regla al sacerdocio secular. Luego, ya en el siglo XVII, se revistió, sin despojarse de la anterior, de una nueva significación: empezó a designar también el paso a otras manos (expropiación o desamortización mediante) de los bienes eclesiásticos.

Actualmente, y tras devenir metáfora durante la Revolución Francesa, se acostumbra a utilizar para describir un proceso histórico por el que se vuelve mundano lo que había sido religioso o por el que lo que había sido sagrado se convierte en profano. Quienes recurren a esta metáfora suelen convertirla en el hilo conductor de su narración de la historia de la modernidad, interpretan lo que describe como una pérdida y concluyen, con grave gesto de desaprobación, que al secularizar se profana y que, aunque pueda resultar paradójico, al profanar se sacraliza idolátrica y estúpidamente.

Las virtudes del concepto de secularización como fundamento de un discurso sobre la época moderna que, en la medida en que explica su avanzar como un retroceso, ofrece una alternativa al que halla en el progreso su clave hermenéutica, son evidentes. Como lo es su funcionalidad como arma para la mortificación, si no intelectual, al menos auditiva, de los laicistas, una funcionalidad sobre la que descansa parte de su gran éxito actual. Seguramente otra parte de este éxito se debe al revival de las obras de Carl Schmitt y de sus amigos, enemigos, conocidos y saludados. Dejó escrito, no sin malas intenciones, Schmitt que todos los conceptos significativos de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados. Al decirlo pensaba, sobre todo, en el concepto absolutista de la soberanía, obtenido a través de la transferencia al príncipe de los atributos de Dios, en particular el de su omnipotencia entendida como posibilidad no sólo de crear las leyes, sino también de saltárselas (a través de los milagros). Schmitt no desaprobaba esta presunta secularización primera, sino las sucesivas, que habían acabado por despojar a los soberanos de sus atributos divinos. Ciertamente, poco les queda a los reyes de lo asumido de la divinidad por sus predecesores. A lo sumo, la sacralización de su imagen y la irresponsabilidad legalizada.

Carl Schmitt no cuenta que aquella secularización primera con la que, según su relato, habría empezado la modernidad política ya era, al menos, segunda (una simple nacionalización) respecto al proceso de apropiación por parte de los papas, a partir del siglo XI, de la plenitud de los poderes de Dios. Hubo, en efecto, un tiempo en el que el papa quiso ser rey de reyes y pensó como divina su propia soberanía. Era un tiempo en el que La Vanguardia, además de no existir, no hubiera hablado del nombramiento de los cardenales porque sonase anacrónico, por falta de latín, referirse a su creación.