El debate sobre el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) ha dominado la actualidad, durante algunos días. Las posiciones confrontadas han sido muy claras. Los sindicatos, una vez alcanzado en el próximo ejercicio económico el objetivo de los 600 euros, aspiraban a incrementos sucesivos durante dos legislaturas, superiores al 8 por ciento anual, para alcanzar los 1.111 euros, es decir: el mileurismo como meta soñada.

El Gobierno, una vez más, ha ofrecido diversidad de opiniones. En efecto, el ministro Caldera se ha mostrado partidario de plasmar en el programa electoral del Partido Socialista, con vista a los próximos comicios nacionales, alcanzar los 800 euros en cuatro años. Por el contrario, el vicepresidente Solbes ha manifestado que la cuestión merece alguna reflexión.

Y es que mostrarse partidario del incremento, aunque resulte más simpático, puede resultar pueril y, en definitiva, una aventura de efectos insospechados en un contexto de incertidumbres económicas como las que está registrando nuestro país en estos momentos. La CEOE se ha limitado a señalar que el próximo año está cubierto con el compromiso de llegar a los 600 euros y, en la próxima legislatura, “ya veremos”.

Desde nuestro punto de vista, elevar el salario mínimo en la cuantía demandada puede ser una aventura de inciertos resultados. Y, evidentemente, no tanto por la cuantía de éste examinado de manera aislada, sino por los efectos o repercusiones que supondría en el conjunto de la escala salarial, reflejada en los más de 5.000 convenios existentes. En efecto, es fácil deducir que los mínimos expresados en las tablas de algunos convenios serían, claramente, superados por el SMI de cada año a partir de 2009.

Concepción jurídica

Cada uno de dichos convenios puede compensar y absorber, ya que la concepción jurídica del SMI lo permite, el SMI impuesto por la ley, pero el efecto de tal operación sería achatar y reducir el abanico salarial existente. Pero la cuestión es: ¿aceptarán los trabajadores calificados cuyos salarios se encuentran hoy muy distantes del SMI que los salarios de los tramos inferiores de las tablas se aproximen a los suyos como consecuencia de un incremento anual muy superior del medio correspondiente a la negociación colectiva? o, por el contrario, ¿un SMI mayor impondrá por mera sinergia demandas salariales para situar los 800 euros en el suelo real de la negociación colectiva y, a partir de ahí, establecer los subsiguientes salarios correspondientes al resto de la escala salarial, teniendo en cuenta que el SMI es por definición el salario que percibe el trabajador que menos gana en cada una de las empresas españolas? Probablemente sucederán ambas cosas.

De ahí que a nadie deba extrañar que el secretario general de la CEOE haya manifestado de manera expresa que creer, a pie juntillas, que una subida del 8 por ciento cada año es inocua, resulta de una temeridad manifiesta.

En la UE-15 muchos países no disponen de SMI y los salarios son exclusivamente establecidos mediante la negociación colectiva. Ello ocurre en Suecia, Alemania, Italia, Austria y Dinamarca. Otros, como nosotros, garantizan una cifra obligatoria como “suelo” salarial y a fin de proteger a los colectivos carentes de convenio a aplicar. No resulta tarea fácil dilucidar los efectos del SMI en unos casos y en otros porque en la mayoría de los países de nuestro entorno los convenios colectivos tienen eficacia contractual y no normativa o erga omnes, como en el nuestro.

En todo caso, a nosotros y a ellos, nos importa mucho más el salario medio de la negociación colectiva o el salario medio real deducido de las encuestas salariales. Y en España, teniendo en cuenta la amplia cobertura de nuestros convenios colectivos y la generalidad de su aceptación, la escasa cuantía del SMI, con respecto a la media europea, preocupa menos, porque han pesado mucho más los efectos colaterales de una subida, mucho mayor sobre el conjunto de nuestras estructuras salariales.

Tal cuestión ha influido sobre el ánimo de los distintos gobiernos centristas, socialistas y populares, aunque es obvio que en estos momentos no ocurre lo mismo. A la postre, convertir la subida del SMI en un objetivo electoral es “mala cosa”, forzará a la CEOE a un amplio debate interno, obligará al vicepresidente Solbes, una vez más, a comulgar con ruedas de molino en coyunturas económicas que no se prestan a florituras de esta especie. El debate está abierto y mucho nos tememos que resolverlo no resultará tarea fácil.

Fabián Márquez. Presidente de Analistas de Relaciones Industriales.