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26 Noviembre 2007

Rajoy, ante sus cien días más decisivos, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

A FONDO

En la noche del 14 de marzo de 2004, tras conocerse los resultados electorales que daban la victoria al PSOE, Mariano Rajoy tenía prácticamente decidido presentar su dimisión. Y así se lo dijo en su despacho de la calle de Génova al entonces presidente del Gobierno, José María Aznar.

En realidad, Aznar no había designado a su sucesor para liderar el partido, sino a un heredero para presidir el Gobierno. Porque, cuando le nombró contra pronostico, nadie, ni siquiera los fieles de Zapatero, pensaba que el PP podía perder las elecciones.

Aznar ganó tiempo. Paró el golpe letal que hubiera supuesto la dimisión del candidato en un momento en el que la desmoralización por la imprevista derrota había inundado ya como un maremoto los despachos del cuartel general del PP.

Así comenzó el calvario de Rajoy como líder del PP en la oposición.

Con escasos apoyos dentro de su partido, sin apenas equipo, con unos compromisos heredados e ineludibles, el registrador de la propiedad, el hombre «que no se mojaba ni debajo de la ducha» (como solía calificarle un ministro del Gobierno Aznar), el político «carente de instinto asesino» (defecto que le achacan en privado algunos capitostes populares), ha tenido que lidiar una durísima legislatura en la que un Rodríguez Zapatero crecido, con el viento mediático a favor y el apoyo de los nacionalistas, aprovechó la situación de KO técnico del PP para diseñar su particular segunda transición.

Pero la estrategia de arrinconamiento, de cerco al PP, de construcción de un férreo cordón sanitario destinado a asfixiar al principal partido de la oposición, identificando a sus líderes con la «derecha extrema», ha fracasado.

La última encuesta del CIS no viene sino a ratificar que el PP tiene prácticamente las mismas posibilidades de ganar en marzo que el PSOE, lo que ya en sí mismo supone un cambio histórico respecto a la tendencia del voto. Nunca, en casi 30 años de democracia, un partido ha perdido las elecciones tras su primera legislatura: UCD ganó dos veces seguidas; el PSOE, cuatro, y el PP, dos.

Muchos ahora tienen la sensación de que Rajoy podría convertirse en un segundo Bambi (calificativo que Raúl del Pozo colgó con éxito del gaznate de Zapatero).

Al menos, la primera condición para hacer posible la transformación del inofensivo rumiante en agresivo depredador ya se ha cumplido. El líder del PP ya no es ese señor educado y distante, como salido de un óleo de Esquivel.

Bajo su taleguilla se esconden las cicatrices de tres años y medio de durísima oposición. Rajoy se ha forjado en la lucha y pretende aglutinar a los suyos en torno a la batalla final del mes de marzo luciendo esa fortaleza como pendón.

En Génova, las camarillas han quedado aparcadas a la vista de unas expectativas (la última encuesta interna, realizada la semana pasada, da al PP una horquilla que va desde una ligera victoria a una derrota por sólo un punto) que nadie hubiera soñado cuando la legislatura comenzó a andar.

Sin embargo, el exceso de confianza en estos momentos puede ser tan malo como la desidia.

Zapatero ha demostrado que es el mejor activo del PSOE. Sigue siendo el político más valorado y tiene a su disposición una maquinaria político/mediática apabullante y eficaz. El presidente del Gobierno no sólo está seguro de ganar, sino que piensa incluso en alcanzar la mayoría absoluta.

Algunos dirigentes del PP han cometido el error de subestimar al contrario, transmitiendo una caricatura simplista de Zapatero.

El presidente, que ayer reclamó «una amplia mayoría» ante sus militantes en Fuenlabrada, ha demostrado que sabe adaptarse al terreno y que puede reaccionar con solvencia cuando se siente acorralado. ¿O es que ya se han olvidado del Debate del estado de la Nación tras el 27-M?

Curiosamente, entre los eufóricos, hay algunos que saludan las últimas propuestas programáticas de Rajoy como un «pase de página» respecto a la política de oposición que se ha llevado a cabo en esta legislatura.

Es indiscutible que la valiente propuesta de rebaja fiscal es una buena opción electoral para el PP. En ese campo, las propuestas de Rajoy cuentan con la credibilidad de un partido que ya hizo lo que ahora el PSOE critica como «irrealizable» cuando estaba en el Gobierno.

Es inteligente y razonable abrir el terreno de juego con propuestas que van a situar al PSOE a la defensiva y que, por lo demás, pueden arrastrar el voto joven y el de las clases más desfavorecidas.

Lo preocupante es que algunos dirigentes del PP creen que ése y sólo ése será el camino para lograr un hipotético éxito electoral.

Craso error en el que se entremezclan los deseos con la realidad.

Durante estos años, el PP ha tenido que asumir en solitario la defensa de un modelo de Estado que se ha puesto en riesgo con la aprobación del nuevo Estatuto de Cataluña. También se ha visto cercado por todo el arco parlamentario por su oposición a la negociación con ETA llevada a cabo por el Gobierno de Zapatero como eje fundamental de su política. El PP se ha batido el cobre en honrosa soledad defendiendo la investigación hasta el final del 11-M, lo que le ha costado no pocos disgustos.

Pues bien, ha sido la defensa de esos valores, de esas políticas, la que ha movilizado como nunca a las bases del PP. Lo que ha permitido a Rajoy estar en situación de poderle ganar a Zapatero no han sido los cantos de sirena que le aconsejaban bajar el pistón de su estrategia de oposición frontal al Gobierno, sino los cientos de miles de personas que le aplaudieron en la plaza de Colón cuando criticó la excarcelación de De Juana Chaos.

La sensación para muchos ciudadanos de que existía un partido que no se rendía ante una situación adversa ha sido lo que ha salvado al PP de la debacle.

La defensa de esas políticas fue lo que llevó a la victoria electoral en las municipales y es la explicación para entender por qué casi un 40% de los ciudadanos piensa votar al PP en las próximas generales.

Decía Jacinto Benavente que él sólo temía a sus enemigos cuando empezaban a tener razón. Ahí está la clave del cambio en las prioridades del PSOE de los últimos meses. La modificación de la política antiterrorista, la utilización de España como un valor positivo, la decisión de enterrar el debate sobre el 11-M tienen que ver con ese análisis. Enfriar el partido, convertir el debate electoral en una cuestión técnica, hablar de números y porcentajes.

Como bien se demostró en las elecciones francesas, la política es, sobre todo, una cuestión de valores. El PP representa un modelo liberal y democrático que no tiene por qué pasar ningún control de calidad.

De aquí al mes de marzo vamos a presenciar toda una ofensiva destinada a situar a Rajoy y a su partido extramuros de lo políticamente correcto. Precisamente el mayor peligro para las expectativas de éxito del PP vendrá de los deseos de algunos de evitarse las cornadas en este trance. Buscar la comodidad propia envolviéndola de grandilocuencia es siempre muy socorrido.

Rajoy tiene una oportunidad histórica. Ganará si sabe transmitir a los ciudadanos que él garantiza mejor que Zapatero la recuperación de los grandes consensos. Pero tendrá que pelear hasta el último minuto.

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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