LAS AFUERAS
Vicente Verdú, jugando un poco a Ortega y Gasset de nuestros días, se atrevía hace unas semanas a proponer los diez mandamientos de la nueva novela. Como se sabe, cumplir los diez mandamientos de cualquier disciplina está al alcance sólo de quien los propone: los demás, como mucho, podemos aspirar a cumplir unos cuantos o a no cumplir ninguno, y el que honra a su padre y a su madre no puede hacer nada por no desear a la mujer del prójimo.
En cuanto a Ortega y Gasset, no hay maestro más peligroso. También se sabe que no escribió ninguna novela, pero es que además leyó muy pocas y algunas no demasiado bien: a pesar de ello, se vio con fuerzas para proponer una nueva poética que produjo decenas de espantajos narrativos. Todo ello no obsta para tomarse en serio los mandamientos de Verdú, a pesar de su olimpismo, por decirlo así, como cuando asegura que los autores de países poco desarrollados que no hacen colaborar en sus novelas a las nuevas tecnologías, que no hablan de google y del sms, se dirigen sólo a lectores vetustos o burdos.
Si trasladamos esa apreciación a las primeras décadas del siglo XX, es como decir que los autores que no militaran en el futurismo sólo podían militar en el decadentismo: lo malo de los diez mandamientos es que no entienden de matices. Nada que ver con el mundo de la creación literaria, donde hay detalles o no hay nada. Cada vez que alguien propone un decálogo diciéndonos cómo tienen que ser las cosas, uno lo primero que se pregunta es por qué en vez del decálogo no se nos ofrece la obra modélica a partir de la cual deducir el decálogo maestro.
Otra de las apreciaciones de Verdú -que se abona a la idea de que el fragmentarismo de nuestras vidas ha de verse reflejado en nuestras producciones, como si el fragmentarismo por sí solo justificara la calidad de una obra- dice que la novela actual debe renunciar a servir de alimento al cine, que para eso ya están los del XIX y muchos del XX. Uno dice primero: vale. Pero luego es fácil darse cuenta de que se trata de un falso problema. Para empezar porque cuando un cineasta se mete a utilizar una obra literaria para hacer cine, la utiliza de trampolín para llegar a otro sitio al que la obra original no tenía por qué querer llegar. Lo que resulta de todo punto ridículo es pensar que cualquier novela que sea trasladada al cine fue escrita para ser llevada al cine: baste mencionar Lolita de Nabokov liderando una larguísima lista en la que estarían los más grandes autores del siglo XX. Un buen cineasta sería capaz, seguramente, de hacer una obra maestra de las Páginas Amarillas si viera en ellas un mundo explorable: sería bastante idiota acusar a los autores de las Páginas Amarillas de haber confeccionado su guía sólo para que ese cineasta la transformara en una película.
Ahora, el mandamiento que me ha dejado más contrito es el que dice: El gusto de la lectura se obtendrá no del artificio argumental, sino de la intensa degustación del texto. ¿Perdón? ¿Debemos sentirnos mal por quedar enganchados a una historia fascinante contada con una prosa fascinante? ¿O lo que se limita a decir Verdú es que las historias ya no pueden ser fascinantes y sólo nos podemos dejar fascinar por la prosa? Si es así, el mandamiento vuelve a quedársenos viejo, a repetir las entusiasmadas tonterías de los peores elementos del nouveau roman, partidarios del texto como somnífero.
Verdú dice que la novela de hoy debe ser un tutti fruti para el lector multipolar de hoy. Me parece muy bien: cada uno es dueño de su plato preferido. Pero ni siquiera habría que escribir ese tipo de novela: tutti frutis ha habido en todas las épocas, y de hecho la gran novela española, el Quijote, una historia fascinante, podría entrar sin problemas en esa categoría.
Por último, no estoy muy seguro de que Verdú sepa lo que está diciendo cuando escribe que hoy hasta las fórmulas matemáticas son autobiográficas. Se ve que padece esa desconfianza absoluta hacia la ficción que tantos problemas le traen a quienes consideran que no se puede hacer ficción sin reconocer que el Big bang coincidió con el momento en que uno vino al mundo. Cuando ficción es una palabra que en su propio pasado dicta claramente que su enemiga no es la realidad: procede de fingir, que era, en Roma, verbo de alfareros, era trabajar con las manos el barro; es decir, darle forma a un material caótico para obtener un objeto que sirviera para algo, un objeto real, por si hace falta decirlo, un objeto de verdad que a veces sirve para poner en él unas flores, otras para esconder un secreto, y otras veces para partírselo en la cabeza a alguien.
© Mundinteractivos, S.A.

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