El recuerdo de tiempos mejores recorre las calles de Sidi Ifni, golpeada por el paro y la despoblación desde su independencia

Para llegar a Sidi Ifni, capital de la antigua Provincia Española de Ultramar, hay que adentrase en una estrecha carretera que parte de Tiznit y que serpentea durante 70 laboriosos kilómetros una costa acantilada. Una hora después, franqueado el río Ifni, la ciudad aparece plantada en una meseta rocosa que domina desde una altura de 50 metros la inmensidad del océano Atlántico.

Este año la ciudad conmemora el 50º aniversario del inicio de la Guerra de Ifni, la guerra olvidada. Para contribuir a la solemnidad del evento el cielo se ha invitado a la celebración. Lluvias torrenciales, ríos desbordados, carreteras cortadas y un mar agitado recuerdan este año el día en que varios centenares de guerrilleros invadieron el territorio de Ifni, una franja costera de 1.502 kilómetros cuadrados situada en el suroeste de Marruecos, para intentar poner fin a la presencia española en este rincón perdido.

La ciudad, más bien un poblacho, está tristemente empavesada, y si no fuera por alguna proclama a la gloria de Marruecos, nadie se daría cuenta de que es un día festivo. El 23 de noviembre de 1957 este pedazo de territorio, conocido desde el siglo XV como Santa Cruz de Mar Pequeña, concedido por Marruecos a España en 1860 pero cuya toma de posesión se hizo solamente en 1934, fue invadido por elementos del Ejército de Liberación Marroquí.

Unico superviviente de esa época, Mohamed Bensaid Ait Idder, que dirigió las operaciones desde la retaguardia, esboza en su libro La Epopeya del Ejército de Liberación del Sur Marroquí detalles inéditos de la batalla: los 600 irregulares (cuando se pensaba que eran más) que irrumpieron en la zona, la rápida ocupación del territorio y la historia del chivatazo que impidió que la capital cayera en manos marroquíes.

De toda esta historia, lo único que retienen los habitantes de Ifni es el final, el abandono del territorio por España en 1969. Senhaji, un marinero que siempre lleva en su bolsillo un certificado de nacimiento español, se acuerda de los uniformes blancos de los oficiales de la Marina, de las casas con jardín que olían a jazmín y de una cierta prosperidad y bienestar desconocidos entonces en la Península.

Hasán Largo, cuya barbería se encuentra a pocos metros de la antigua intersección de la calle de Oviedo con la del Seis de Abril -que siguen conservando sus rótulos azules-, saca un álbum de viejas fotografías de la urbe antes de la retrocesión. Luego, sin mediar palabra, las compara con fotos recientes. La plaza de Hasán II se llamaba plaza de España y en su centro se alzaba el busto del coronel Capaz, el conquistador de 1934, que ha desaparecido.

El edificio de la Pagaduría, cuya fachada exhibe aún un águila imperial con su yugo y sus flechas, se cae literalmente. El péndulo del Ayuntamiento se ha parado y nadie piensa repararlo. La iglesia, un edificio art decó que pertenece al Estado español, es la actual sede de un tribunal de justicia. «De injusticias», rectifica un cliente del barbero. De los cuatro cines que existían antes, el viejo Salek los enumera todos: Avenida, Ifni, Capaz y Victoria. Ninguno ha sobrevivido. Otro cliente de la barbería se anima e indica que Sidi Ifni tuvo su emisora de radio y un periódico que salía cada mañana de la imprenta de la Escuela Alcázar de Toledo, que hubo panadería decente, zapatería y hasta floristería.

Un vecino conduce al reportero hasta las inmediaciones de la ex ciudad de las flores para que constate que la pista del aeropuerto es pasto de las cabras y que el edificio del matadero municipal sirve de alojamiento para familias expulsadas de la hambruna del interior.

Cementerio de chatarra

En la punta sur del municipio, el transbordador de pasajeros y de cargas, un ingenioso e impresionante funicular montado sobre enormes torres metálicas, es hoy un cementerio de chatarra. Y en la parte norte, un portón de acero recuerda que Sidi Ifni tuvo su parque zoológico. Lo primero que hicieron los marroquíes en 1969 -cuenta el guía- fue asaltar el zoo para festejar con una comilona a base de gacelas, avestruces y zorros el retorno del territorio a Marruecos. No se salvaron ni los monos.

Sentado en cuclillas detrás del hotel Bellevue, antiguo hotel España, Salem, un veterano del Grupo de Tiradores de Ifni número 1, maldice el día en que decidió quedarse en Ifni en vez de trasladarse a la Península, como se lo proponían sus jefes. De repente vuelve a maldecir a Marruecos, apuntando con la mirada a los dos oficiales de las Fuerzas Auxiliares y del mokadem (jefe de barrio) que las autoridades enviaron para vigilar a este reportero.

En su confortable residencia de las afueras de la ciudad, un notable local que no quiere ser identificado enumera los males de la zona. La falta de puestos de trabajo, la inexistencia de una maternidad y la despoblación consecuente a una huida de los habitantes hacia el interior o el exterior del país. Según este notable, la marca de la desconfianza de los habitantes de Ifni hacia Marruecos se encuentra en la tasa de participación en las legislativas de septiembre pasado: el 17% frente al (ya de por sí catastrófico) 37% que hubo a nivel nacional. Este truculento personaje, que habla un castellano salpicado de palabras en bereber, afirma que no es raro que la bandera española ondee en las calles de la ciudad en señal de protesta. Un extremo desmentido por unos y confirmado por otros.

Lo cierto es que Sidi Ifni es una ciudad insumisa. En mayo de 2005, la mitad de los 20 000 habitantes de esta localidad salió a la calle para reivindicar su separación de la provincia de Tiznit, el urgente salvamento del puerto -que se hunde peligrosamente- y la rehabilitación del antiguo hospital español donde, según dice el concejal del Ayuntamiento, Abdelmalek Idrisi, la gente «entra para morir y no para curar».

Los descendientes de los españoles musulmanes solicitan un DNI

Entre las reivindicaciones que realizan los habitantes de Sidi Ifni hay algunas que conciernen directamente a España, como antigua metrópoli de la colonia. Una de ellas es la creación de una célula en el consulado español en Agadir para estudiar la documentación de los centenares de hijos de españoles musulmanes de la ciudad, que aspiran a obtener un DNI.

«Cuando voy, los funcionarios creen que voy a pedir limosna», se queja Ahmed el Guezzar, concejal en el Ayuntamiento de Sidi Ifni. «Si mi padre fue ciudadano español, yo también debería serlo. Lo que pasa es que España no trata a los hijos de los españoles moros de la misma manera que a los hijos de los españoles argentinos, uruguayos o venezolanos. Y luego viene ése que te habla de 'talante democrático'».

El cónsul general de España en Agadir, José María Rodríguez Coso, asegura entender las reivindicaciones de los descendientes de los españoles musulmanes de Sidi Ifni, pero destaca que la tramitación de sus solicitudes se encuentra con muchos problemas. El principal es, según dice, que la mayoría de los habitantes de Sidi Ifni ha perdido la documentación española de sus padres. Circunstancia que levanta una «pared jurídica» difícil de saltar, ya que es difícilmente comprobable que se trate de descendientes de personas que tuvieron la nacionalidad española.

De hecho, el cónsul resta importancia a estas reivindicaciones y explica que prefiere centrar sus esfuerzos en mejorar la vida de los habitantes de la ex colonia con acuerdos de cooperación y ayudas concretas. Y aclara que, a pesar de que Sidi Ifni mira al consulado de forma insistente para realizar reclamaciones de todo tipo, «no todo depende de España».

© Mundinteractivos, S.A.