BAJO EL VOLCAN

Las redacciones son reducciones y en ellas se sacan inocentemente de contexto hasta las conjunciones copulativas, por lo que no son de extrañar los resúmenes que se han dado de la intervención de monseñor Blázquez, presidente de los obispos, ante la última Asamblea Episcopal. Aunque la palinodia era a título personal se entendió que la Iglesia Católica española pedía perdón por su papel en la Guerra Civil («sin erigirnos orgullosamente en jueces de los demás, debemos pedir perdón y reorientarnos»), noticia histórica que no tuvo honores de primera plana porque habría buenos redactores-jefe de cierre que no dieron mucho pábulo al cristazo.

Hay que matizar a Blázquez porque también los partidos socialista y comunista debieran abominar de sus crímenes durante la contienda, y nadie se lo exige salvo los historiadores imparciales. Desde al menos 1931 los clérigos y hasta los feligreses no hicieron mayor cosa que exiliarse o intentar esconderse de la muerte segura propiciada por la leyenda urbana de que los curas se tiraban desde los campanarios. Por el 36-39 hay poco que perdonarle a la Iglesia salvo por asumir la cruzada dictada por Pío XII y aquello de bendecir los cañones. Es en la larga posguerra (hasta el cardenal Tarancón) y el nacional catolicismo cuando la Iglesia impera con muy poca caridad en la enseñanza, el sexo, el baile, la manga, la falda y la censura, el matrimonio, la vida y la muerte. Era el párroco quien te daba un certificado de pobreza para obtener una beca.

El obispo Martínez Camino, lleno de circunloquios, alivió a su jefe recurriendo al contexto violado: «Lo único que hizo fue implorar el perdón de Dios por toda la sangre derramada». Así es si así os parece porque cada cual dice lo que quiere. Parece que la Iglesia se ha puesto a la moda globalizando las matanzas. Recientemente se ha beatificado a unos cientos de curas y seglares asesinados por el Frente Popular, y el Vaticano ha querido inscribirlos no en los horrores de nuestra guerra fratricida, sino en el mar de sangre y persecución religiosa del siglo XX, el más inclemente de la Historia. Es una forma de no molestar a las izquierdas, como si los beatos hubieran sido gaseados en Auswitch-Birkenau. Pero bienvenido sea el barullo si no le saca un ojo a nadie.

La Iglesia debería mejorar sus medios de comunicación porque la prosa episcopal es espesa como un arado y su contexto, aéreo como un nimbo. El perdón remueve viejos rencores y la Iglesia no lo pedirá nunca, y menos por los 40 años de franquismo. Como tampoco le van a poner el palio al santo de Rajoy, vaya lo uno por lo otro.

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