Efectismo populista de Gabino. Lo último es el nombramiento de una comisión de notables para abordar la aplicación de la llamada ley de la Memoria al callejero de Oviedo. La polémica está servida. Sin embargo, no es propósito de este artículo hacer disquisiciones sobre la mayor o menor pertinencia de los nombramientos, sino de aquello que va a ser dirimido por la susodicha comisión.
En la historia contemporánea de esta ciudad, hay un acontecimiento que anuncia la tragedia que se sufriría en los años 36 y 37. Estoy hablando del lecho de muerte de Clarín y de las personas que lo acompañaban. Su hijo, el rector Alas, fusilado en febrero del 37 tras un consejo de guerra infame e injusto. Su condena a muerte no fue indultada por el invicto caudillo. El galeno de Clarín, don Alfredo Martínez, asesinado en vísperas de la guerra civil, y Melquíades Álvarez, el político de la generación del 98, nacido en el mismo año que Unamuno, al que le dieron muerte en Madrid unos desalmados en agosto de 1936. Los dos últimos fueron víctimas de elementos incontrolados y desalmados de la España que perdió la guerra.
Más de una vez se dijo -y es cierto- que aquel episodio fue el antecedente de unos de los mayores horrores sufridos por el liberalismo español, liberalismo que, hay que repetirlo una vez más, nada tiene que ver con quienes así se reclaman desde postulados supuestamente economicistas.
La herencia de lo mejor de nosotros mismos, históricamente hablando, fue el legado (no sólo literario, que también) de Clarín. Lo que esa herencia representaba fue abatido por las balas en aquellos días de locura previos y posteriores a la guerra civil. Y, si de memoria hablamos, no olvidemos, por favor, que la excelencia, si esto traduce el término griego «areté», fue perseguida en ese momento trágico de nuestra historia. Y el caso es tan particular, en lo que toca a Oviedo, como general, en lo que concierne al país.
Desde el más acá de la memoria, Clarín, en Oviedo, siempre Clarín. Ya no se trata de esa ciudad que constituyó la referencia de su novela. De la narrativa se pasó a la tragedia. Y, con la tragedia, hay que hacer catarsis. Para eso tendría que servir esa ley que, para unos, es revanchista, y, para otros, insuficiente. Para una catarsis sobrevenida muchas décadas después. Pero, perdón por la obviedad, la historia sólo puede ser desandada virtualmente.
Medítese sobre ese legado en el que se encuentra lo mejor de nosotros mismos históricamente hablando. Preguntémonos qué se ha hecho y qué se puede hacer con él. Dejen algunos sus monsergas insostenibles. No se abren heridas por recordar la excelencia. No es de recibo que quienes defienden (y están en todo su derecho de hacerlo) la beatificación de víctimas de la guerra civil rechacen que otros también quieran recordar y homenajear a los suyos. ¿Acaso existe argumentación posible para esgrimir que sólo pueden ser recordadas y enaltecidas las víctimas de un lado de la contienda?
Y ahí están las calles de Oviedo. Ahí están las contradicciones del PSOE, que no quiere recordar que, durante sus 8 años de mandato, pudo haber dejado casi resuelto este asunto. Ahí está el PP, que, en el ámbito local, asturiano y estatal, no quiere, no puede o no sabe desmarcarse del franquismo. Una cosa es que en el callejero figuren personas que fueron conservadoras en lo político, con todo el derecho a ello y con todos los merecimientos para formar parte de él, y otra muy distinta es que se encuentren nombres impuestos por una dictadura que, mire usted, existió.
En todo callejero, hay personas que fueron ilustres y brillantes en una determinada faceta, y que, sin embargo, fueron manifiestamente mejorables en tanto ciudadanos. No es muy fácil la conjunción de ambas cosas. El callejero no es un libro de recopilación de personajes de la historia, sino un homenaje, inevitablemente discutible y susceptible de perfeccionamiento. En todo caso, en ese homenaje no parece que deban figurar quienes incurrieron más o menos directamente en la tiranía y en la represión.
«Memoria, ciega abeja de amargura». Así lo escribió certeramente el poeta. Que Oviedo se enfrente con la revisión de su callejero no es ninguna frivolidad, no se trata de un espectáculo político y mediático. La cosa debe llegar, como le gustaba decir a Unamuno, al hondón mismo de sus habitantes. Si nos duele esta ciudad, si la sentimos y la queremos nuestra, hora va siendo ya de dejar de frivolizar. La historia contemporánea de la capital de Asturias, como la del resto de España, vivió muy duros episodios de sangre, sudor y lágrimas. Y alguna vez, como diría el personaje lorquiano, hay que mirarlos cara a cara.
Dejemos por una vez de señalar, como quien se refiere a sus antepasados rancios, los topicazos de la Vetusta regentiana, y vayamos directamente a Clarín, al legado suyo que fue tan maltratado. ¿Acaso sería exagerado decir que con Leopoldo Alas hijo se termina la época más gloriosa de nuestra alma máter? Hablamos no sólo del hijo de Clarín en lo biológico, hablamos de que estaba al frente de la institución que mantenía viva la antorcha de aquella excelencia. En Oviedo, a Clarín, se le mató más de una vez.
Desde el más acá de la memoria, dejemos los partidismos, los juegos de buenos y malos y los maniqueísmos inadmisibles. Dejemos de insultar a la inteligencia y de frivolizar. No es en modo alguno pedir lo imposible demandar que las modificaciones en el callejero dejen muy claro que no se puede homenajear a quienes combatieron los grandes principios en que se funda la democracia.
Desde más acá de la memoria, hay que clamar para que se corrijan los desequilibrios.
Como coda final, un ejemplo. Si se considera plausible que José Calvo-Sotelo, como personaje histórico brutalmente asesinado, siga formando parte de nuestro callejero, no veo motivos para negarle una calle a don Manuel Azaña, algo que no hace muchos años fue solicitado al Alcalde por el Ateneo republicano de Asturias y que fue denegado por el regidor. ¿Reconsideraría usted, don Gabino, esta inclusión, la inclusión del hombre que clamó por la paz, la piedad y el perdón?

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