La Coctelera

Reggio

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26 Noviembre 2007

Bardem, de Carmen Rigalt en El Mundo

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A Javier Bardem lo tengo por un chico listo, concienzudo, heterosexual y creído. Se cree lo que seguramente es, un actor magnífico, de una versatilidad asombrosa, lo que no siempre es atribuible a una cuestión de vísceras. Con las vísceras se borda una escena, no se construye una carrera. Para apuntalar una carrera hace falta cierta dosis de inteligencia y lucidez. También tengo a Javier Bardem por progre, y ser progre significa, pese a la cantidad de mierda que últimamente ha recibido la palabra, defender los valores contrarios a los que defiende un reaccionario. Pura etimología. No hace falta decir más.

Tengo pues a Javier Bardem por todo eso, lo cual no me libra de estar equivocada. A lo mejor peco de ingenua y el chico es sólo un intérprete español rodeado de mucha mitología doméstica. En ese caso habría que desplumarlo de adjetivos solemnes y dejarlo en un actor cachas, antipático y con tendencia a rayarse. Eso explicaría algunas de sus conductas, como las recientes declaraciones a una revista americana diciendo que los paparazzi merecen un hachazo. La frase no era exactamente así, pero sonaba así, incluso peor. Un dislate. Alguien que conoce bien el mundo del cine (y en especial, el mercado americano) no puede caer en un reduccionismo tan bobo. El paparazzi, y eso lo sabe Bardem (y si no lo sabe que se lo pregunte a Pe, ella le hará un estudio comparado de sus novios en relación con las promociones de las películas) es el último peldaño de una sociedad que paga por divulgar escándalos, llegando a favorecerlos o a crearlos. El mundo de las estrellas de Hollywood no es ajeno al de los reporteros sin escrúpulos o al columnismo entrometido, y en cualquier caso, forma parte de un entramado de intereses que subvenciona el ojo de la cerradura. El cotilleo tiene distintas graduaciones, pero en todas se ejerce la misma impudicia, aunque de unas se desprenda un Watergate o un caso Profumo y de otras, el simple polvo mañanero de una estrella despendolada.

El cine no es una ong, y las propias productoras alimentan la difusión de rumores falsos para promocionar sus productos (se ponga como se ponga, Javier Bardem es un producto más, y a las condiciones de los contratos ha de atenerse). Señalar a los paparazzi es desviar la atención del monumental montaje sobre el que se sustenta el negocio del cine. A Bardem le patina el dedo apuntador. Que se lo haga mirar. Un buen actor (y más, un actor comprometido), no debe quedar como un parvulito. Los paparazzi no se han inventado nada. Están ahí para que se maten como gallos de pelea por conseguir una foto que dará la vuelta al mundo y generará dividendos. Ellos no han creado el circo ni las leyes que lo rodean. Echar la culpa del negocio a los paparazzi es como echar la culpa de la reconversión naval a los obreros de la Bazán.

© Mundinteractivos, S.A.

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