Noviembre fue en el siglo XX un mes de iniciativas históricas para Oriente Medio. El 2 de noviembre de 1917, el ministro de Asuntos Exteriores británico, Arthur Balfour, escribió a Edmond Rothschild, presidente de la Federación Sionista de Gran Bretaña, para decirle que Londres veía "con agrado el establecimiento en Palestina de un Hogar Nacional para el pueblo judío". Treinta años más tarde, el 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de la ONU aprobó la resolución 181, que recomendó la partición de Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe. Yel 22 de noviembre de 1967, cinco meses después de la guerra de los Seis Días, el Consejo de Seguridad aprobó la resolución 242, en la que se pide la retirada de los territorios ocupados por Israel. Ahora, el 27 de noviembre, la Administración Bush ha convocado una conferencia para encauzar el conflicto.
El encuentro en Annapolis ha deparado una situación paradójica. Los diplomáticos de países terceros que han sido invitados acudirán con una cierta satisfacción, como convencidos de que asistirán a un acontecimiento. Miguel Ángel Moratinos, por ejemplo, ha esgrimido esta semana la carta de invitación como la prueba del nueve de que España, pese a lo que diga el Partido Popular, no ha perdido comba en la escena internacional. Pero entre israelíes y palestinos, que son los que cuentan, la nota es el pesimismo.
Israelíes y palestinos coinciden en que no podrá sellarse acuerdo definitivo alguno. El primer ministro israelí, Ehud Olmert, y el presidente palestino, Mahmud Abas, son tan débiles políticamente que no podrán sacar ni fuerzas de flaqueza para abordar las cuestiones de fondo (fronteras definitivas de un hipotético Estado palestino, asentamientos judíos en Cisjordania, derecho de retorno palestino y Jerusalén). En lo máximo en que uno y otro parecen estar dispuestos a ponerse de acuerdo es en hacer el anuncio de la apertura de otro proceso de paz. Nada nuevo. La paz en el conflicto palestinoisraelí hace mucho tiempo que se convirtió en un proceso que, cada vez que se aproxima a la paz, es abortado para, a continuación, abrir otro proceso.
¿Qué ha llevado, entonces, a Washington a convocar una conferencia a la que los ponentes irán con las maletas vacías? La Administración Bush, después de no implicarse en el conflicto durante siete años, pretende ahora salvar la cara con una fotografía histórica. Pero no sólo se trata de eso. Lo importante en Annapolis es participar.
Washington está obsesionado con Teherán, y el encuentro de Annapolis, con la presencia de significativas delegaciones árabes, es un intento de reforzar el eje proestadounidense frente al régimen iraní. La posibilidad de un ataque contra un Irán que se quiere nuclear no es descartable, pero Washington, a través de Condoleezza Rice, secretaria de Estado y admiradora de Dean Acheson, también contempla la alternativa menos arriesgada: una política de contención como la que se practicó contra la Unión Soviética. Y para contener a Irán hacen falta los árabes, no sólo Israel, que también le tiene ganas. Los árabes, en su mayoría suníes, temen al Irán chií, pero necesitan alguna satisfacción en Palestina para convencerse.

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