QUÉ HAY DE LO NUESTRO

AMBIGUOS.

El topicazo número 1 en Catalunya es decir que los de CiU son unos ambiguos. Como pasa con todos los tópicos, se trata de una verdad como un templo. Y a mucha honra -diría Jordi Pujol-, que por algo al invento le llamaron Convergència, así Roca y Trias Fargas podían sentirse más o menos cómodos (cómodos del todo, jamás) flanqueando a su líder, poniendo el acento aquí y allá según convenía. CDC ha sido históricamente una alianza de catalanistas de distinto pelaje unidos por la ambigüedad, el poder y el culto a Pujol. Ahora que no mandan, ni tienen a Pujol, los convergentes siguen unidos por la dúctil argamasa catalanista, el deseo de volver al poder y el culto a Artur Mas, que en parte es arturismo sincero y en parte es la mejor manera de ningunear a Duran Lleida.

Sin embargo, ¿qué gran partido no se basa en la ambigüedad o, mejor dicho, la mixtura ideológica? En democracia, la pureza es un lujo que sólo se pueden permitir las minorías. Los que quieren gobernar necesitan ser lo bastante ambiguos para reunir mayorías de voto y, sobre todo, facilitar el pacto con las fuerzas vecinas: Gobernar, a malas, con quien sea. CiU podría pactar con ERC y con el PSC. El PSC gobierna con Esquerra pero podría hacerlo con CiU. Esquerra, para qué contarles. La casa gran de Artur Mas no es una masía en mitad del campo, sino una casa adosada en una urbanización de cases grans posibles: la del catalanismo, la del centroderecha, la constitucional, la soberanista, y la única que realmente existe: la de la izquierda tripartita.

CiU es ambigua, sí, porque el centro de gravedad de su electorado también lo es. CiU vol i dol, pero el catalanismo también. CiU es autonomista en los entremeses, y soberanista después de un par de chupitos. CiU, en suma, representa a la perfección los miedos y los sueños del catalanismo de hoy.

DOS CARAS.

Mientras Artur Mas saca a relucir la versión buen rollo del proyecto convergente, la versión que suma, integra y proyecta voluntades, David Madí ha puesto por escrito el lado avinagrado y resentido de CDC en su libro Democràcia a sang freda. Es curioso como en las mismas páginas se puede mostrar tanta fascinación por la política y, a la vez, presentarla como una pocilga llena de trapos sucios, puñaladas traperas y un desfile de mediocres sin convicción ni escrúpulos.

Como profesional de los medios, el pasaje que más me ha llamado la atención es este: "Dels mitjans, em va sorprendre el fet de ser capaç de transmetre el que tu vols, la frivolitat de la professió i la capacitat per fer córrer rumors i notícies falses. No només perquè n´he fet córrer quan m´ha convingut, sino perquè els he patit". No dudo de que la intoxicación sea una práctica general en la relación entre políticos y periodistas, pero sorprende la desenvuelta franqueza de Madí, que con esta afirmación ha hecho simultáneamente una demostración de sinceridad y de cinismo.

EL PRECIO.

En los ochenta, el catalanismo pujolista era unitario, autonomista y pedagógico; hoy en día, el catalanismo es dual, cabreado y con tendencia al soberanismo. Todo esto ocurre mientras el ADN histórico del país, su idioma, retrocede de forma evidente por la presión de la inmigración y la globalización. Para algunos, la situación del catalán revela que la llamada ola soberanista es un espejismo; para otros, demuestra que el catalanismo ha superado la barrera idiomática. A lo mejor podemos seguir los pasos de Irlanda, Escocia o Euskadi, que han deslindado identidad e idioma. Puede ser que, sin el "inconveniente" del catalán, muchos castellanohablantes emprenyats con España, pero temerosos del maximalismo lingüístico, se unieran al carro soberanista. Pero si el precio de la soberanía es el idioma, ¿quién, en este país de sentimentales, se atreverá a pagarlo?