CUMBRE DE ANNAPOLIS
Los protagonistas
Bush, Olmert y Abú Mazen afrontan la reunión de Maryland con bajos índices de popularidad y pocas expectativas de éxito
La búsqueda de la paz requiere un liderazgo con visión de futuro. En la cumbre de Annapolis del próximo 27 de noviembre, que auspicia EEUU, convergerán dirigentes políticos de variado signo y con agendas distintas, aunque con un objetivo común aparente: relanzar el proceso de paz en Oriente Próximo después de siete años de olvido. Algunos repiten como actores de reparto, como el presidente egipcio, Hosni Mubarak, pero otros se estrenan en el papel protagonista.
En Annapolis rondará el fantasma del viejo de la kufiya. Será la primera conferencia que se celebra sin el presidente palestino, Yasir Arafat, fallecido en 2004. La última vez que el icono palestino tuvo en sus manos el futuro de su pueblo fue en 2000, justo en el último intento de llegar a una paz acordada por palestinos e israelíes. Frente a él, se sentaba en la mesa el entonces primer ministro israelí, el laborista Ehud Barak. Bill Clinton hizo de maestro de ceremonias en Camp David.
Las comparaciones con la puesta en escena de Annapolis son inevitables. Los líderes que se sentaron juntos en Camp David eran muy populares entre sus respectivos votantes y, aún así, la paz fracasó. Ahora, sin Arafat, será Mahmud Abas (más conocido como Abú Mazen) quien tendrá que defender los intereses palestinos. Ehud Barak estará entre bambalinas, pero será el actual primer ministro, Ehud Olmert, quien lleve las riendas de la negociación. George W. Bush -que siempre se negó a recibir a Arafat en la Casa Blanca- debuta como anfitrión cuando falta poco más de un año para que finalice su segundo mandato.
«Cuando Clinton lo intentó, ambas partes sentían que podían hacerlo y ambas partes creían en que la otra podría hacerlo», comenta un diplomático árabe. «Ahora, ni los israelíes ni los palestinos creen que la otra parte quiera o pueda hacer la paz», añade.
Y es que Olmert y Abú Mazen son dirigentes muy débiles, que se enfrentan además al periodo más impopular de sus respectivos mandatos. Empezando por el presidente palestino. Con el liderazgo y el territorio partidos en dos mitades -la de Al Fatah en Cisjordania y la de Hamas en Gaza- Abú Mazen tiene poco margen para negociar.
«Arafat tenía la legitimidad y la habilidad de vender cosas a su pueblo que otro líder no tendría hoy», explica Rob Malley, un antiguo asistente de Clinton que tomó parte en las negociaciones de 2000 y que hoy trabaja para el think tank International Crisis Group. Aunque Abú Mazen tiene amplia experiencia como negociador en el proceso de paz -participó en las conversaciones de paz de Madrid y Oslo-, ante los palestinos no tiene el suficiente carisma como para que el pueblo respete cualquier concesión que esté obligado a hacer. Por tanto, la baza de Abú Mazen es poner el listón alto y no arriesgar.
Olmert, en cambio, ha sido más guerreador que pacificador. Mucho aprendió sobre la guerra bajo el ala de Ariel Sharon. Olmert, que se opuso a los acuerdos de paz de Camp David de 1978, fue el brazo ejecutor del plan de retirada unilateral israelí de Gaza, en agosto de 2005. Sin embargo, no tiene experiencia como negociador. Hoy, acosado por los casos de corrupción, el primer ministro se enfrenta a bajas cotas de popularidad entre la opinión pública israelí, que no le perdona sus errores durante la Guerra del Líbano, en 2006. «En Israel tenemos un liderazgo extremadamente impopular y que no tendrá la capacidad de realizar las concesiones que van a ser necesarias», vaticina Malley.
«Las cosas no son sencillas en Israel de cara a Annapolis. No existe un Gobierno cohesionado y esto significa que hay proyectos de paz distintos. Todo intento de llegar a un acuerdo disolverá y desintegrará la coalición israelí. El Ejecutivo quedará debilitado no inmediatamente después de Annapolis, sino cuando empiecen las negociaciones de verdad», opina el ex ministro de Exteriores israelí Shlomo Ben Ami, que desempeñó un importante papel durante la Conferencia de Madrid y que actualmente es vicepresidente del Centro Internacional de Toledo por la Paz.
Incluso la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, ha admitido que los dos líderes que tienen en sus manos el destino de Oriente Próximo son políticamente muy débiles. Pero quizá esta coyuntura pueda ser positiva para alcanzar un punto en común: ambos necesitan desesperadamente presentar un éxito ante su opinión pública.
El estreno tardío de Bush en el traje que un día llevó Clinton tendrá en vilo a muchos observadores políticos. Su popularidad tampoco es muy boyante, después de su fracaso en la Guerra de Irak y de la crisis financiera. Sin embargo, el presidente republicano tiene alguna ventaja sobre su predecesor. Una es que cuenta con más tiempo que Clinton. Bush emprende estas negociaciones -las primeras en todo su mandato presidencial- ocho meses antes de lo que lo hizo el demócrata: Clinton sólo contaba con seis meses de margen. Otra es que contará con la presencia de Arabia Saudí y Siria -que se ausentaron de Camp David-, lo que puede ayudar a que Abú Mazen se sienta más respaldado. Además, Bush tendrá la ayuda del enviado especial del Cuarteto, Tony Blair, tradicional aliado del presidente de EEUU.
Sin embargo, los expertos no auguran resultados concretos. Para los árabes, Annapolis no cambiará nada. «Proseguirán las negociaciones entre palestinos e israelíes según la visión de Bush como referencia fundamental», decía un editorial del diario árabe Al Quds al Arabi.
Incluso los políticos se atreven a verbalizar sus pocas esperanzas. El presidente israelí, Simon Peres, reconocía hace unos días: «En teoría, es posible llegar a un acuerdo durante la presidencia de Bush, pero es imposible en la práctica».

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