La insatisfacción política en Catalunya se dispara de nuevo a sus cotas máximas, de Carles Castro en La Vanguardia
LA PRECAMPAÑA ELECTORAL
Un estudio del CEO refleja el impacto de la crisis económica y de las infraestructuras
Las sombras que planean sobre la economía y la prolongada crisis de las infraestructuras han vuelto a situar a la opinión pública catalana en un túnel de insatisfacción de incierto final. El último estudio del Centre d´Estudis d´Opinió sobre el Índice de Satisfacción Política en Catalunya - que ayer presentó su director, Gabriel Colomé- lo refleja con elocuente crudeza. En apenas seis meses, la tasa de ciudadanos "satisfechos" con la coyuntura política ha caído en casi ocho puntos, mientras que el porcentaje de insatisfechos ha pasado del 43% a cerca del 51%. En apariencia, pues, un auténtico bajón emocional que se traduce, por ejemplo, en una hipótesis de participación para las próximas elecciones generales del 64%. Hace un año, el mismo estudio elevaba esa expectativa al 74%.
La evolución de estos indicadores evidencia, sin embargo, un problema de mayor calado: el estado de ánimo de la sociedad catalana y y su identificación con la clase política vienen atravesando en los últimos años una situación de visible fragilidad. No hay más que remontarse a principios del 2005 para encontrar unos indicadores prácticamente idénticos a los actuales. Entonces, el derrumbe del Carmel y la polémica del 3% podían explicar el revolcón anímico de una sociedad cuya psicología colectiva se vio muy castigada desde aquel instante.
De hecho, los indicadores no mejoraron hasta noviembre del 2006. Antes, la utilización de Catalunya como arma arrojadiza en el debate político español a cuenta de la reforma estatutaria, el boicot a los productos catalanes o, finalmente, la pasmosa ruptura del Govern tripartito a raíz del referéndum sobre el nuevo Estatut provocaron un auténtico descenso a los infiernos que elevó la tasa de catalanes insatisfechos a casi el 60%.
La sociedad catalana creyó intuir una luz de esperanza en la primavera pasada. Y la navegación silenciosa del nuevo Govern de José Montilla tuvo, sin duda, algo que ver. De pronto, el índice de satisfechos rozaba el 60% y el de insatisfechos caía al 42%. Sin embargo, la tranquilidad duró poco. En julio pasado, los problemas en cercanías fulminaron drásticamente ese transitorio optimismo, y en octubre, los rescoldos del apagón eléctrico y la incipiente crisis ferroviaria liquidaron las reservas de confianza. Y el próximo estudio - bajo el influjo directo de la suspensión de cercanías y al calor de una percepción negativa de la economía que alcanza ya a uno de cada tres españoles, según el CIS- podría batir los récords de desafección.
Sin embargo, el estudio del CEO incluye otros indicadores que sitúan la depresión anímica de la sociedad catalana en el marco de una crisis de autoestima y de desasosiego estructurales. Y que parece más cerca del desasosiego francés que rechazó la Constitución europea, que de la tradicional furia española. Un dato: la tasa de catalanes descontentos con el sistema político viene situándose en torno al 60% en todos los estudios del CEO. Y ese porcentaje sólo se reduce en dos momentos muy significativos: tras la aprobación del proyecto de Estatut por el Parlament, en noviembre del 2005, y en el primer tramo del Govern Montilla.
La paradoja de esta situación reside en que el impacto electoral de la desafección es, en teoría, bastante asimétrico. Adía de hoy, los electores más movilizados con vistas a las próximas generales son los de Esquerra, ICV-EUiA y el PSC (con expectativas de participación cercanas al 85%). En cambio, esos porcentajes se reducen al80% en el caso de los votantes del PP, y al 77% entre los de CiU. En ambos casos, uno de cada cinco de sus electores no muestra intención de acudir a las urnas en marzo próximo. Por el contrario, dos de cada tres catalanes dicen tener decidido su voto.
