Fernando Fernán-Gómez está sentado en la terraza de un café leyendo el Abc. Va abrigado, lleva gorra (hace fresco en la calle), gafas de leer y esa barba medio noruega, de color zanahoria, que se dejó ya hace años. Sobre la mesa hay un vermú casi extinto y otro par de gafas, éstas de sol. Todo está bien, es una mañana cualquiera, pero de pronto Fernando vuelve la cara y mira hacia la mesa porque dos palomas se han posado sobre el mármol del velador y se están zampando, glotonas, descaradas, los cacahuetes que el camarero ha dejado allí, en un platito.

Fernando mira a las palomas impertinentes con una sonrisa de absoluta maravilla. No suelta el Abc, no hace el menor movimiento, sin duda para no incomodar a las intrusas. Pero si uno observa con atención se da cuenta de que Fernando, en esa espléndida fotografía, no está mirando sólo a las palomas. Esa sonrisa cómplice y bondadosa va más allá. Unos metros detrás de los pájaros, exactamente al final de la trayectoria de su mirada, está él, él mismo, Fernando Fernán-Gómez, tumbado en un cajón de madera. El cajón, el féretro, está cerrado y cubierto con la bandera rojinegra de los anarquistas. Pero no cuesta ningún trabajo adivinar que el Fernando tumbado y oculto tiene, en el escenario del Teatro Español, la misma sonrisa tierna e infantil que tiene el Fernando sentado de la foto que preside la capilla ardiente, y que los dos Fernandos se miran, cómplices, y se saludan, y se sorprenden de las mismas cosas: de lo bien que ha quedado el velorio, de la cantidad de gente que hay, de verse el uno al otro en tan insólita circunstancia y, desde luego, de la increíble cara dura que tienen las palomas.

Son casi las tres de la tarde de este frío 22 de noviembre. Es la peor hora del día, pero el teatro está lleno. Hay de todo. Señoras y señores mayores que ya vieron a Fernando en Balarrasa o en Botón de ancla (él lo decía: “Durante algunos años, cuando era joven actor, yo fui famoso y tuve trabajo porque era el que se moría en Botón de ancla”), cuarentones que quedaron traspasados por El viaje a ninguna parte o chavales de diverso pelaje y atavío que lo pillaron en Todo sobre mi madre. Todos miran al escenario sin demasiada tristeza, mejor sería decir sin tristeza ninguna, porque hay veces en que la emoción no necesita en absoluto de la angustia. Lo que hay en el escenario del Español es ni más ni menos que una sobria, soberbia escenografía teatral. De ahí, supongo, la sonrisa maravillada de los dos Fernandos.

En torno al féretro, cuidadosamente iluminado, algo que recuerda vagamente a un café. Veladores de mármol con sillas alrededor. Botellas y vasos sobre las mesas. Gente que va y viene, gente que conversa. Suena en alguna parte la música que Fernando adoraba: los tangos de Gardel, Adiós, muchachos, El día que me quieras, sobre todo Caminito. En una esquina del escenario hay dispuesto un atril en el que algunos actores leen intermitentemente textos, muchos del propio Fernando, a veces de otros.

Sentado ante uno de los veladores está Fernando, el hijo del actor, que es la fotocopia de su padre. Está triste, muy triste, y lo atiende Tina Sainz, que se ha vestido de negro y que lleva en la cara los surcos de muchas horas de lágrimas. Su amargura no es la excepción, pero desde luego tampoco la regla. La otra hija de Fernando, Elena, va y viene, está entera, atiende a los que llegan y a los que se despiden, da y recibe besos, no pierde la sonrisa. Eso se compadece mejor con la cara cómica de Fernán-Gómez ante las palomas y con lo que pasa en el teatro. Hay dolor, claro que sí, pero es que también hay dolores que hacen sonreír porque lo que llevan debajo es otra cosa. La muerte de Fernando, mucho más que una “pérdida irreparable” o la “desaparición de una leyenda de la escena”, que son sólo un par de las consabidas gilipolleces que han dicho los periódicos, es una tragedia, como decía José Luis Borau: “Actor, autor de teatro, cineasta, novelista, poeta… ¡Era el único que lo hacía todo bien!”

Cierto, pero su muerte no deja tras de sí un rastro de desolación sino de gratitud. Lo que piensa el público que abarrota el Español no es “qué dolor” sino “qué felices nos has hecho”. La despedida, de una teatralidad tan sobria y magistral que hubieran encantado al protagonista, es un adiós agradecido y casi dulce, un abrazo al que se va con la vida y la obra cumplida: el pesar por el adiós no puede compararse con la fecundidad de lo que deja, con la hermosura de tantos recuerdos como sembró y están ahí creciendo. Y no ahora que se va, sino desde hace tanto.

El Fernando sentado de la foto con las palomas cambia imperceptiblemente la cara, acentúa lo burlón de su sonrisa cuando Carlos Larrañaga, que llega acompañado de su bellísima esposa, sube las escaleras que dan al escenario con gesto contrito; pone una mano sobre el féretro con la solemnidad de un rey jurando la Constitución, y luego se abraza a Elena Fernán-Gómez con tal compunción que las señoras del público rompen a aplaudir. Inmediatamente se marcha. Ni diez minutos ha estado en el teatro. No cabe dudar de sus sentimientos, claro, pero ¡qué buen actor!, habrá dicho el Fernando sentado, chusco y zumbón.

El Fernando tumbado del cajón sin duda suelta alguno de sus célebres improperios cuando alguno de los interminables visitantes del “café” montado en el escenario se acerca al catafalco, se pone derecho, deposita con la mano un beso cariñoso sobre la madera y luego se santigua ceremoniosamente ante un féretro que no tiene crucifijo y que está cubierto con la bandera de la CNT. Ahí el ilustre académico habrá proferido uno de sus célebres “¡A la mierda!” que le dieron tan injusta fama porque, aunque eso se haya repetido miles de veces en televisión, Fernando era la exquisitez misma, la más impecable educación, la cortesía con barba noruega, y sólo reventaba de ira (que la tenía) ante los pelmazos. Y es cosa sabida que los peores pelmazos son los que a uno lo quieren mucho.

Al Fernando sentado de la foto sin duda se le afilan las cejas al ver cómo unos y otros (y algunas otras) contemplan, con más o menos disimulo, el culo apretado y zangolotino de Loles León, que se presenta en el velorio con todas sus sonrisas, que son numerosísimas, y un traje que resalta con vehemencia todo cuanto queda de lo que allí hubo. Loles (otra gran actriz) se queda en el escenario veinte veces más tiempo que Larrañaga y luego se va, no sin antes recibir las euforias verbales de alguna señora del público y de atender como se debe, ¡que se debe mucho, muchísimo!, al enjambre de cámaras que, en la puerta del teatro, aguardan con resignada paciencia a que algún famoso salga y diga algo que pueda ser servido con algo de tomate.

El Fernando tumbado quizá se duele de lo que leen sus compañeros actores en el atril. Pepe Martín sólo pronuncia, con voz muy dolida, los cuatro versos de Machado sobre el caminante que no puede, no debe esperar más trascendencia que hacer caminos sobre la mar. Pero otros, entre tango y tango de Gardel, leen párrafos terribles del propio Fernando sobre la soledad, sobre la nada, sobre el adiós… Suena, en la voz de una bellísima anciana, un texto dedicado a la “amada de antes”: ya no te amo ni te temo, ya he sobrevivido, dice el espléndido escritor, con su prosa acervantada y elástica; y te quise tanto, y te amé tanto, y estás tan lejos, que ahora, cuando ya no te amo, me hace mucho daño verte y comprobar que te pareces tanto a la que eras…

Ante esa puñalada, Inci mira con rencor a los dos Fernandos, se levanta y se va. Porque sabe que mienten: es imposible dejar de amar a quien se amó de verdad, con toda el alma. Se puede amar de nuevo, pero jamás se “desama”. A quien ha amado mucho sólo le cabe el triste recurso de odiar, que en el fondo es lo mismo pero vuelto del revés. Inci, herido, echa a andar pasillo abajo pero, de pronto, algo inexplicable le obliga a darse la vuelta y a mirar por última vez a los Fernandos: el de la foto con las palomas y el del cajón. Inci ve a una mujer hermosa, enflaquecida pero muy hermosa, vestida de cualquier manera (una camisa oscura, unos pantalones a rayas negras y blancas), que va de un sitio a otro, se ocupa de que quienes se sientan en los veladores estén atendidos, cuida de que los que van que leer no tengan problemas y vayan por su orden. Esto es, se encarga trabajosamente de que aquella última y bellísima función teatral de Fernando Fernán-Gómez salga bien.

Es Emma Cohen, la compañera del actor durante treinta y cinco años. No, la compañera no: el amor de Fernando durante la etapa más fecunda y mejor de su vida, que sin duda fue así también gracias a ella. Inci se estremece ante la grandeza de esa brillantísima mujer que supo, además de hacer su trabajo en la escena y en la literatura, no ya acompañar, no consentir, no sólo cuidar, sino amar a un tipo francamente difícil hasta que se apagó con 86 años.

E Inci, ahora sí cada vez más triste, camina hacia su casa, mete a propósito los pies en los charcos de la calle del Príncipe y destina su más admirada, envidiosa amargura, a ese Fernando de las palomas que logró hacerse amar hasta la muerte. Y más allá. “Polvo serán, mas polvo enamorado”, recuerda a Quevedo, sabedor de que el más frecuente destino es el de Quevedo: murió solo.