La Coctelera

Reggio

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24 Noviembre 2007

El juego de las siete diferencias, de Xosé Luís Barreiro Rivas en La Voz de Galicia

Cada día se hace más frecuente el atrevimiento y la estupidez de comparar la Ciudad de la Cultura con la catedral, como si el pecado fuese igual que la virtud y la belleza igual que la desmesura. En este sacrilegio cayeron también dos personajes -Fraga y Eisenman- que quieren pasar por cultos, cuya boca habrá que lavar, si siguen por este camino, con lejía y perborato. Por eso quiero contribuir a poner las cosas en su sitio proponiéndole a mis lectores el divertido juego de las siete diferencias.

Lo primero que hay que saber es que los compostelanos jamás tuvieron que cargar con el peso de la catedral, ya que no fue Santiago quien construyó su basílica, sino que fue la catedral la que hizo la ciudad. El segundo error que se comete en la comparación tiene que ver con el dinero, ya que, mientras la catedral se pagó a sí misma, y tendrá que pagar también la Ciudad de la Cultura, lo del monte Gaiás es una pura ruina de principio a fin, que nunca será capaz de sostenerse.

La tercera diferencia es que, mientras todos sabían para qué se hace una catedral, que lleva casi mil años sirviendo para lo mismo, nadie sabe para qué va a servir la Ciudad de la Cultura, que ya está cambiando de orientación mucho antes de ser terminada. El cuarto error se comete en la comparación estética, ya que, mientras la catedral sorprende por su belleza, la Ciudad de la Cultura -me atreveré a decirlo- solo sorprende por su desmesura.

La quinta diferencia es que, mientras nadie tiene claro qué hacer para atraer gente a este amueblamiento cultural del Gaiás, la catedral se constituyó en meta de un camino de naturaleza única que, a pesar de los vaivenes de la historia y el descreimiento de Europa, sigue trayendo a Santiago a gentes de todas las naciones. El sexto error es que, mientras la catedral se hizo pensando en glorias eternas y en oraciones humildes, la Ciudad de la Cultura fue pensada para el pavoneo mundano y los honores terrenales de corto alcance. Y la séptima diferencia es que, mientras la catedral se gestionó con ejemplaridad y cordura, el Gaiás es un despropósito en todos los órdenes, que sigue cimentado sobre sospechas -de corte penal- más que razonables.

Por eso decimos lo que decimos del monte Gaiás, en nada parecido a lo que escribieron los antiguos, en el Codex Calixtinus, sobre la catedral: «Está admirablemente construida, es grande, espaciosa, clara, de conveniente tamaño, proporcionada en anchura, longitud y altura, de admirable e inefable fábrica? Quien por arriba va a través de las naves del triforio, aunque suba triste se anima y alegra al ver la espléndida belleza de este templo».

Sigamos pues, la chapuza, y dejemos tranquila a la santa catedral.

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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