Que no decaiga. La invicta, leal, heroica, benemérita, noble y buena ciudad de Oviedo, omite siempre en sus títulos de honor el de discutidora. La discutidora ciudad de Oviedo, debería ser uno de los signos onomásticos que definieran el pedigrí de la nueva Vetusta, una ciudad que no se parece lo más mínimo a aquella radiografiada por Leopoldo Alas (si a alguien se le ocurriera hacer el inventario de los edificios, monumentales o no, destruidos en el siglo a lo largo del siglo XX y en lo que llevamos del siglo XXI, se daría cuenta de que la ciudad, incluido el casco histórico, puede recordar a aquella de Clarín pero en modo alguno es la misma), no se parece en nada, repito, excepto en la tradición discutidora, polemista, controvertida (que viene de controversia), disputante y reñidora, que viene siendo su mayor marca de identidad desde el derribo del famoso Carbayón.

Ahora la polémica está de nuevo servida, con la formación de una comisión que interprete y decida sobre la aplicación de la reparadora ley de Memoria Histórica en la ciudad. El alcalde, en uso de sus atribuciones, ha nombrado a un grupo de ciudadanos de perfil diverso para ponerse manos a la obra (ponerse manos a la obra, recuérdese, significa eliminar aquellos nombres que, por su radical compromiso con la dictadura, quisieron ser recordados a perpetuidad por las primeras corporaciones municipales ovetenses, en unos años en los que los vencedores rivalizaban en ortodoxias y fidelidades patrióticas que iban mucho más allá de lo coherentemente exigible). A partir de ahí, como decíamos de chavales, ya está armada.

La lista de nombres de personas de ideología conservadora -unos más liberales que otros- en el callejero municipal, guarda relación estricta con el carácter conservador de la ciudad Quieren ejemplos? Pongo solo unos pocos, todos ellos posteriores a la guerra civil, para no aburrir a las ovejas del campo: Yela Utrilla, Ricardo Vázquez Prada, Valentín Masip, Juan Uría Riu, Eugenio Tamayo, Valentín Silva, Rafael Sarandeses, Luis Riera Posada, Manuel Cueto Guisasola, Joaquín Manzanares, Manuel Fernández Avello, Luis Ruiz de la Peña, Julián Clavería, Juan Botas Roldán, Julián Cañedo, Juan Antonio Vallejo Nájera, José María Martínez Cachero, José García Nieto, Jesús Arias de Velasco, Gregorio Marañón, Melquiades Cabal, Alfredo Martínez, José Serrano, Arce Ochotorena, Constantino Cabal, Benjamín Ortiz, Armando Ojanguren, Antonio García Oliveros, Angel Cañedo, Alfonso Iglesias, Alfonso Muñoz de Diego, Manuel A. Buylla, y no puedo más.

NO TENGO en cuenta todos aquellos nombres propuestos y aprobados en los últimos quince años, que haría esta nómina mucho más extensa, porque el crecimiento urbano de estos años así lo pedía. Pero, qué quiere decir todo esto? a dónde voy yo con esta exhibición de sabiduría callejera? (que no quiere decir sabiduría vulgar sino sabiduría del nomenclátor). Pues voy a que a nadie en su sano juicio se le ocurriría pretender eliminar estos nombres, porque si con ellos se quiere que permanezcan en el recuerdo de los ovetenses no es por sus vinculaciones o afectos ideológicos con el franquismo, sino porque aportaron a Oviedo y a Asturias un trabajo, en los distintos órdenes de sus actividades, que acabó siendo en mayor o menor medida digno del recuerdo colectivo. Otra cuestión absolutamente distinta es que existan hoy todavía, después de treinta y dos años de la muerte del dictador, nombres, monumentos y símbolos, que van ligados irremediablemente a la historia de la mayor vergüenza colectiva en la que se vio envuelto el pueblo español, y no quiero hacer retórica barata.

Y la alternativa a la onomástica de la ignominia está muy clara. Ayúdense los comisionados -sean los que sean, me da exactamente lo mismo que sean de derechas o de izquierdas- de catálogos, diccionarios y demás obras de historia regional o local, y procedan con rigor y sentido de la equidad, porque hay todavía hoy muchísimos nombres de ovetenses y asturianos ilustres (confieso que la palabra ilustre no me gusta demasiado, por el uso abusivo que se ha hecho de ella) que merecen un reconocimiento de sus conciudadanos. Yo, así, de repente, puedo aportar dos de ovetenses recientemente fallecidos: uno, el de Santiago Melón Fernández, catedrático de Historia de España en la universidad de Oviedo, y otro, el de Elías García Domínguez, catedrático de Lengua y Literatura españolas en varios institutos de la ciudad y del Principado.

LOS DOS contribuyeron a formar muchas generaciones de estudiantes universitarios y de bachillerato en Asturias; los dos tuvieron la pasión de educar para la libertad y para el espíritu crítico; los dos pertenecieron a ese exclusivo grupo de ovetenses que, sin estar todo el día haciendo protestas de amor por la ciudad, intentaron elevar los niveles de tolerancia, sensatez y cordialidad, en un mundo de vanidades y pasiones inútiles, con el ejemplo de su enseñanza y su civismo. Si con cambios así logramos eliminar el uso de la espada por el de la palabra, el de la represión de las ideas por el respeto a las ajenas, empezaremos a saldar cuentas con el pasado. Yo personalmente prefiero haber estado a las órdenes de sus ideas que a las que nos dictaron desde las sombrías salas de bandera. Amén.

Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de la Universidad de Oviedo.