SABATINAS INTEMPESTIVAS
Cuando le preguntaron a uno de los grandes perfumeros parisinos cuál era el más asqueroso de los olores, no dudó en responder que el del metro. Y verdaderamente los olores del metro son el concentrado de la clase trabajadora. Antes se decía que los obreros olían, ¡y vaya si olían! Los trabajadores al parecer ya no huelen, o al menos nadie en las reuniones de sociedad llama la atención sobre esa tradición secular. Ahora, lo que huele, y mucho, son las huelgas. Y si son generales huelen que apestan. Hasta tal punto que si se repitiera ahora aquella pregunta de hace años al gran perfumero parisino probablemente diría que el más asqueroso de los olores es el que desprende una huelga general.
Una encuesta en Le Figaro ha preguntado si a un ministro le cabe utilizar en público la palabra asqueroso (dégueulasse), y el 49 por ciento ha resuelto que no. Quizá sí en un perfumista, porque todos nos hemos hecho expertos en olores.
Las interpretaciones conspirativas de la historia están hechas para gente mentalmente perezosa. Esas frases de que todo lo mueven los norteamericanos o de que estamos manipulados por los grandes monopolios son en el fondo una manifestación de cómoda impotencia, por más que tengan un hálito de incontestable realidad.
No hace falta ser un pervertido de la teoría conspirativa de la historia para entender la oportunidad de la declaración de Jacques Chirac como inculpado en el momento álgido de la huelga general. Chirac el marrullero, el superviviente de mil conspiraciones, ha desplazado como por ensalmo los clarines de una huelga general y unas manifestaciones callejeras que han concentrado a más de medio millón de ciudadanos. París ha vuelto a ponerse de moda entre nuestra izquierda perdida y hallada en la selva hipotecaria.
Fracasada la operación Ségolène Royal, nuestra izquierda caviar de berenjena -la francesa es conocida por izquierda caviar, por eso propongo que la nuestra, tan vinculada a la gastronomía décontractée del sifón de agua de mar, habrá de ser caviar de berenjena, plato delicioso y bajo de presupuesto y de calorías-, digo que nuestra izquierda saltarina, que se frustró con Ségolène Royal, se ha puesto en sintonía con la audacia de Sarkozy. Hay como una disputa por ver quién es más Sarkozy. Probablemente ustedes no se acuerden de los denuestos hacia el Sarkozy ministro de Interior y sus expeditivos métodos. ¡Pelillos a la mar! Afectada de colapso político Ségolène Royal, nace un sarkozismo de izquierda. ¡Qué delectación en contar la huelga general francesa como un fracaso desde antes de que la iniciaran! Aquellos muchachos que lloraban viendo el sufrimiento de El Álamo y su derrota cantada, y con Espartaco, Kirk Douglas y Stanley Kubrick, echan una ojeada de desdén a los que afrontan la lucha con conciencia de derrota. ¡Ya no se admite pelea alguna que no sea para vencer! O se garantiza la victoria o yo no juego. ¿Se acuerdan de que eso era la condición de los niñatos de nuestra época? "O me dejáis ganar o no participo".
Y es que Sarkozy no es la Thatcher, o más exactamente podrá ser algo parecido, pero las apariencias engañan, porque mientras la Dama de Hierro era la reacción en estado puro, caiga quien caiga ( "porque llevamos -los británicos- demasiado tiempo soportando el mal olor proletario en la nariz de nuestras clases medias"), Sarkozy es otra cosa, tiene otro perfume. Ha demostrado la fragilidad de los partidos tradicionales, o de los partidos en general, con su transversalidad del poder. Y eso cundirá, estoy seguro, y cuando nos toque a nosotros veremos cosas de pasmo. ¿Quién rechaza hoy en día una buena oferta? La incorporación de Kouchner como ministro de Exteriores y la de Jack Lang como vicenosequé de la comisión constitucional, ha dejado el parqué abarrotado de aspirantes. ¡Una llamada de Sarkozy y lo dejo todo! No es extraño que hayan sido las dos vedettes mediáticas del socialismo galo los primeros en cambiar de apartamento; estaban en la misma planta, pero se acondicionaban perfectamente a vivir en la mano izquierda o en la derecha. Como dirían nuestros clásicos del diseño: lo decisivo es la decoración del apartamento. Al final va a resultar que aquel filme tan divertidamente cruel de Jack Lemmon y Billy Wilder era una película eminentemente política.
Y luego están los asesores. Sarkozy es un amante de los consensos. Los políticos valientes adoran los consensos, porque son la oportunidad de vencer sin alharacas, dejando bien sentado al adversario que no está en condiciones de retarte. Tu audacia y su debilidad le obligan a pactar; a eso se llama consenso. El mago de los consensos de Sarkozy se llama Henri Guaino y no pasó por Harvard ni pertenece a un bufete especializado en manipulaciones trilaterales y ni siquiera pasó por la elitista Escuela de la Administración francesa, que le rechazó tres veces. Es de Arles y apenas licenciado en Historia, empleado fugaz del Crédit Lyonnais. Es mucho más peligroso que esos tipos de currículum largo y mente corta. Pertenece a la categoría de los no mediáticos, aquellos que estudian los detritus que dejan los Kouchner -un enfermo terminal de exhibicionismo- o Lang, uno de los fantasmas que sólo produce Francia y que empiezan vinculados al teatro: me acuerdo de él cuando dirigía el festival de Nancy, en los sesenta. El teatro es fundamental en la política, más que el cine; quizá el teatro sea para la política europea lo que el cine para la norteamericana. De Henri Guaino son los discursos de Sarkozy, y algunas ideas singulares, como la propuesta de leer en todas las escuelas de Francia la carta del joven mártir comunista Guy Môquet, asesinado por los nazis.
Imagínense por un momento a Mariano Rajoy, eventual presidente del Gobierno, proponiendo que en las escuelas de España se lea alguna de las cartas de amor y libertad de las muchachas fusiladas en 1939, tras la entrada de las tropas franquistas en Madrid. También pueden variar e imaginarse a Artur Mas haciendo lo propio, exigiendo a su protegida red de colegios privados de Cataluña que se lea como apertura de curso una de las cartas de los encarcelados catalanes tras la victoria franquista. La propuesta de Sarkozy, su audacia, ha cogido a contrapié a sindicatos y partidos de izquierda. Una manipulación indigna, decían, pero la opinión pública se quitó el sombrero ante el gesto. El honor, la patria, el martirio, recuperados gracias al talento de Henri Guaino, restándoselo de la izquierda. Cuando solamente quedan los símbolos, cualquiera puede hacerse con ellos, porque han perdido su fuerza creativa, y todo símbolo es, por derecho de nacer, una tradición. Y la tradición privilegia el conservadurismo.
Por eso quizá París sea también un símbolo para algunos de nosotros; por ese fondo de nuestra propia tradición que conserva la memoria. Pasear por el parque de Luxemburgo y contemplar la elegante vistosidad de las ramas de ricino, el sol huidizo del otoño, y los gendarmes, una legión de gendarmes montados en los vehículos más insospechados; en coches diminutos, a caballo, en bicis, en patines y hasta en patinete. Y detectar que hay cosas que han cambiado, o tratándose de París, cosas que vuelven. Porque los cambios en París son circulares desde hace siglos. Se recuperan los sábados por la tarde, esa pérdida que la civilización urbanita desterró con la segunda vivienda en el campo. Lo veremos aquí en poco tiempo, estamos de vísperas. Los sábados volverán a lo que eran hace medio siglo.
Quebrada la economía, convertida la vida en una subsistencia difícil para atrapar los precios, ante la sonrisa cómplice de quienes llaman a esto modernizar la economía, nos queda recuperar la ciudad, la gran ciudad, el comercio tranquilo, el ocio urbano que se perdió porque había que salir al campo por el bien de los niños. Otra estafa. Tiene gracia que la ciudad más ciudad de todas las ciudades sea al final la que nos oriente hacia la recuperación de un mundo que ella inventó tras mucha sangre y mucho mal olor de trabajo proletario. He vuelto a vivir en París lo que era un sábado a media tarde en los tiempos de Jacques Brel. ¡Habrá que empezar a explicarlo en los periódicos!

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados