Alguien toma el micrófono y dice en inglés: «Esto nunca ha sido visto antes». No es el animador de un circo de tres pistas, ni el presentador de un show televisivo en el que esté a punto de saltar un puma con dos cabezas. Quien habla es un ingeniero, uno entre los doscientos que se han reunido en El Musel para el simposio sobre obras portuarias en grandes profundidades. Y ante lo que reacciona con un asombro fuera de lo corriente es la explicación sobre el fondeo de los gigantescos cajones que están dando forma al dique exterior del superpuerto gijonés.
Ver a un ingeniero tan entusiasmado y congratulante produce una verdadera impresión. Tal vez no posea su género tanta soberbia como se les atribuye. O tal vez ha de reconocerse en esa reacción la veracidad del aforismo: un ingeniero es un gestor de incertidumbres, de manera que, ante una certeza, se derrite como un enamorado.
Y la certeza que este hombre ha visto consiste en que cajones de hormigón del tamaño de un edificio de diez plantas han sido conducidos ordenadamente a un punto entre el cabo Torres y el bajo de las Amosucas; y allí han sido sucesivamente hundidos y aposentados sobre una banqueta de rellenos en el fondo marino; y ello ha sido ejecutado con una precisión tal que un balón de fútbol cabría justo en el hueco que los separa, no mayor de 30 centímetros.
Pero hay más motivos para la sorpresa. Por primera vez en la historia ingenieril se han fondeado cajones de este tamaño en mar abierto, dijeron ayer los ingenieros que explicaron la obra portuaria gijonesa, con el director de la Autoridad Portuaria, José Luis Díaz Rato, al frente.
Rato fue precisamente quien explicó la disyuntiva y tipología constructiva de la ampliación muselera. O se hacen diques mediante taludes -pedraplén, escolleras, bloques, etcétera, vertidos al mar sin reposo-, o se utilizan los referidos cajones.
La primera opción, para entendernos, es la traducción a la ingeniería del mito de Sísifo; la segunda, la confianza en Hércules, superador de las doce pruebas. Es decir, el desarrollo en talud permite avances vernales, pero grandes riesgos invernales, en forma de temporales extraordinarios. Esto es, Sísifo -por cierto, hijo de Eolo, dios del viento- sube el peñasco por la ladera del monte, hasta que se le cae. Y vuelta a subir.
Acerca de esto, ayer pudo verse en el salón de actos de la Autoridad Portuaria en El Musel una filmación espectacular: la correspondiente al día 19 de marzo del año presente, cuando una borrasca extraordinaria envolvió en olas y furia el dique de Torres. Los golpes de mar fueron tan enérgicos que su efecto era como un manotazo sobre unos dados apilados. Sólo que estamos hablando de dados que en realidad eran bloques de 90 toneladas.
Este punto es otro de los más sorprendentes de la obra muselera, y ayer se puso de manifiesto. El avance del dique de Torres y del curvo -que une al anterior con el dique Norte- ha requerido tales medidas de protección ante las invernadas que no resulta extraña la admiración ingenieril ante la tarea.
Pero, además de Sísifo, en la construcción del superpuerto le han dado una oportunidad a Hércules, es decir, al fondeo de cajones de 34 metros de puntal, una altura que nunca había sido utilizada en España y con la que Gijón y el puerto de Algeciras han marcado un récord.
Aposentados los cajones en el fondo, y rellenos de arena, su solidez parece tan hercúlea que no se espera una jugarreta de Poseidón, siempre proclive a los sustos, como el que se produjo hacia el pasado mayo, cuando ya habían sido colocadas tres de estas piezas y, todavía no rellenadas al completo, una mar muy agitada provocó que se rozaran entre sí, aunque sin consecuencias destructivas.
Decía ayer uno de los ponentes que «hemos tenido que sobredimensionarnos» ante todas las dificultades. La palabreja se las trae, pero queda entendido.
Y esto es lo que hay en El Musel: una obra colosal, reverenciada por el gremio ingenieril. Lástima que haya sobrevenido el sobrecoste. Pero no incidimos aquí en ello porque ayer tocó el día del «never seen before».

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