EN LA MUERTE DE UN MAESTRO

Cuando uno se detiene a pensar en el enorme legado intelectual y cívico de Fernando Fernán-Gómez, lo primero que sobresale es que no estamos hablando estrictamente de un hombre de cine, ni tampoco sólo de un hombre de teatro, sino que su faceta de escritor es tan importante como todo lo demás. De ahí su gran potencia humana.

Si es que hubiese que definirlo de alguna manera -¡qué difícil en este caso!-, tendríamos que decir que pertenece a esa tribu mágica de los grandes actores, de los intérpretes absolutos y con mayúsculas. Su caso se puede emparentar con el de sir Lawrence Olivier en Inglaterra. Fernando dio siempre muestras rotundas de ello, como, por ejemplo, en su magistral actuación en Belle époque.

En ocasiones, desalentaba ver cómo una vida tan volcada en la creación quedaba cifrada en tres o cuatro momentos absurdos en los que se destacó su enfado fugaz y circunstancial por cosas muy puntuales. El no era eso. En verdad, como sabemos todos los que le conocimos, era un ser humano cariñoso, cercano. Un gran conversador, un ser inteligente. Estar con Fernando era siempre un regalo. Sus palabras, sus gestos estaban cargados de elegancia y educación.

Estamos hablando de quien es, probablemente, el más grande de los actores que ha dado este país, el más completo y versátil. Intelectualmente, el más profundo, sin olvidar (y él bien lo sabía) a otros grandísimos intérpretes vivos, como Alfredo Landa o José Luis López Vázquez. Así como los que hoy están en los 60, como Juan Diego, que son de su misma escuela. Aunque con él, como sucede con los genios, es imposible hablar de escuela. Son únicos. Por suerte para quienes los tuvimos cerca.

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