Un coloso de las artes que todo lo hizo bien, de Javier Villan en El Mundo
Obituario
FERNANDO FERNAN-GOMEZ
Aunque hace años que Fernando Fernán-Gómez no iba por allí, puede que a estas horas hayan puesto luto y crespones en el Gran Café de Gijón. Durante casi 30 años fue su casa y su Universidad. Fue el fundador en 1948 y mecenas durante años del premio de novela Café de Gijón. El suceso no es baladí, pues la creación de este premio reforzó la imagen de actor intelectual que siempre lo ha rodeado y que el ingreso en la Real Academia de la Lengua muchos años después, en 1998, ratificó.
Esa intelectualidad se alimentaba de la amistad con sus contertulios García Nieto, Ramón de Garcíasol, Buero Vallejo, Gerardo Diego, Camilo José Cela, Zunzunegui y otras lumbreras; y sobre todo de la fraternidad con Manuel Pilares y Perico Beltrán, dos raros de la literatura española. Todos están muertos; sólo sobreviven algunos de la tertulia existencialista, como Sánchez Ferlosio. Puede que fuera ahí, en la mesa del rincón, entre dos ventanales, donde ideara con Manuel Pilares los guiones de La vida por delante y La vida alrededor y con Beltrán el de El extraño viaje, la película más maldita del cine español.
Refleja, pues, este microclima del Gijón, la vida, los éxitos y la plural personalidad de Fernán-Gómez: cómicos, poetas, bohemios de talento desperdiciado y la alegre turba de chicas ligeras de cascos y generosas de sus dones. Aunque él resumiera su vida sentimental como una derrota renovada y la artísitica como una peripecia inexplicable, lo cierto es que cuando traspasó la puerta giratoria del café lo hizo en dirección firme al triunfo; la otra dirección era la de salida a la puta calle del fracaso.
Era un coloso; actor, dramaturgo, director, novelista, académico de la Española. Para colmo, en los últimos tiempos, su mal humor le dio una mítica aureola de dios encolerizado: mucho más que un viejo cascarrabias. No era tan fiero, pero eso redondeaba una imagen de anarquista que sólo admitía el orden en el trabajo y la amistad. Eso respondía también a una idea indiferente sobre la felicidad, tomada creo de Einstein: «No soy feliz ni falta que me hace». Fernando Fernán-Gómez prefería gozar de la vida a ser feliz. Una vida de bondadoso crápula en periodos de dolorido existencialismo; de padre y amante esposo, o compañero, en periodos de bonanza. Como hombre del arte dramático hizo todo y todo lo hizo bien; con frecuencia excelsamente bien. La simple enunciación de sus títulos y actividades varias llenaría este obituario.
Pese a sus desencuentros con el teatro, la palabra cómico y toda su parafernalia era la que más quería y más le cuadraba. Si alguien alberga alguna duda sobre este amor, que lea su novela, serial radiofónico primero y película después, El viaje a ninguna parte. Su aversión al teatro procedía no de éste en sí, sino del ambiente, de la obligación cotidiana de repetir una misma situación y un mismo personaje. Y, sobre todo, de la falta de sintonía con un público frío e ignorante. Pese a todo, se le recuerdan interpretaciones memorables.
Era hijo de cómica, Carolina Fernán-Gomez, madre soltera que lo alumbró en Lima en agosto de 1921 y lo registró dias más tarde en Buenos Aires por avatares y urgencias de la farándula. El padre nunca lo reconoció y sólo se vieron a distancia; cuando quiso conjurar el peligro de un hijo bastardo merodeando por sus teatros, el innombrable, e innombrado, padre le regaló a través de un alcahuete, un corte de seda blanca para una americana. El teatro, pues, lo llevaba Fernán-Gómez en los genes y con dos polos que se rechazaban: el amor a la madre y el desdén por el padre. La madre era monárquica y celebró de distinta manera que la abuela, doña Carola, la proclamación de la República el 14 de abril. Esa es una fecha clave que aquel niño de 10 años guardó siempre en su memoria: una gran verbena de la mano de la abuela. En un alarde de pericia narrativa, Fernán-Gomez inicia sus memorias, El tiempo amarillo, con la evocación de aquel suceso, en el preciso momento en que, medio siglo después, el Rey Juan Carlos le entrega un premio.
Una verbena y su abuela Carola, explicándole el sentido de la historia. En una vida desprovista de mitos, doña Carola es un personaje clave en la existencia de Fernán-Gómez. Otros, aunque de distinta índole han sido Jardiel Poncela, Saénz de Heredia y la amistad incombustible de Manuel Alexandre -al que siempre ponen un i a destiempo en el apellido- y que hoy sí estará de luto silencioso. Otra persona esencial en su vida ha sido Emma Cohen, quizá la única mujer sobre cuyos méritos y virtudes Fernán-Gomez no ha tenido pudor en manifestarse. Afirmaba que Emma Cohen, recién llegada de las turbulencias del mayo francés, le curó las heridas de una vida sentimental «de derrota en derrota». Con todo, derrotas como la de María Dolores Pradera o Analía Gadé bien merecen una guerra.
Cómo un hombre que dejó el teatro hace años y que, en cierta medida lo desdeñaba, ha sido considerado unánimemente el mejor actor español, no es fácil de comprender. Obras como Sonata a Kreutzer, de Tolstoy; El pensamiento, de Andreiev; Mi querido embustero, de Bernard Shaw, La pereza, de Ricardo Talesnik, El caso del señor vestido de violeta, de Miguel Mihura y otras, aunque en líneas generales constituyeron éxitos de interpretación fueron un desastre económico. También le cupo el dudoso honor de estrenar una obra de Laín Entralgo, Cuando se espera, un trabajo más filosófico que teatral que fue recibido con hostil frialdad y concluyó en fracaso irrefutable. Antes de estos descalabros, el desencuentro con el teatro se produjo en los primerísimos tiempos de su carrera, en 1943.
Estaba haciendo Los habitantes de la casa deshabitada, de su gran protector y descubridor, Enrique Jardial Poncela, cuando recibió una oferta de Cifesa: 6.000 pesetas por tres meses de rodaje de Cristina Guzmán, dirigida por Gonzalo Delgrás. En el teatro ganaba 20 pesetas diarias. Esto le hizo exclamar que «comparado con el teatro, el cine es un lujo babilónico». A partir de aquí, intervino en dos centenares de películas, con una treintena de incursiones en la dirección. Algunos títulos que le dieron enorme popularidad: Balarrasa, La mies es mucha, Los ladrones somos gente honrada, La pareja feliz, La trinca del aire, Botón de ancla, El destino se disculpa, La venganza de don Mendo... En 1953 dirigió El mensaje; en 1958, La vida por delante; en 1959, La vida alrededor; y en 1963 la ya citada rareza, hoy filme de culto, El extraño viaje.
En 1963 firmó la célebre carta de protesta contra las torturas a los mineros de Asturias y a partir de entonces quedó marcado como rojo con las inevitables secuelas laborales que agravaron sus precarias relaciones con el teatro y debilitaron su popularidad cinematográfica. Recordará siempre la mediación de Jaime de Armiñán para remediar su vida y la propuesta de Emilio Romero para que dirigiese una obra suya, ignorando el veto generalizado. Pasados los nubarrones de los 60, el decenio de los 70 fue esplendoroso en lo sentimental (Emma Cohen) y en lo profesional. Tres películas clave: El amor del capitán Brando, de Jaime de Armiñán; El espíritu de la colmena, de Victor Erice y Ana y los lobos, de Carlos Saura. Triunfó como actor con Un enemigo del pueblo, le dieron un Oso en el Festival de Berlín por su interpretación en El anacoreta y escribió Las bicicletas son para el verano, su obra cumbre premiada con el Lope de Vega en 1978.
A partir de estos años, se instala en otra dimensión y acumula premios: siete Goyas que nunca recogerá, uno de ellos como actor por una de sus mejores películas Mambrú se fue a la guerra, tres osos de Plata en Berlín, el Premio Príncipe de Asturias... La narrativa, la Academia... y una importancia decisiva en películas como Belle epoque y El abuelo. Por estas fechas acuñó también una fórmula matemático-política irrefutable: entre Primo de Rivera y Franco, cualquier español nacido en torno a 1920, ha sufrido en su vida 46 años de dictadura.
Aunque lo trajeron a España a los pocos meses de nacer, mantuvo la nacionalidad argentina hasta los 80. Su último contacto con la escena, como autor y director, fue en 2004, con Morir cuerdo y vivir loco, una aproximación melancólica al Quijote. Fue el canto de cisne de un coloso con muchas caras; la mejor, quizá, la de un imponente actor.
Fernando Fernán-Gómez, cómico con mayúsculas, nació en Lima (Perú) en 1921 y murió en Madrid el 21 de noviembre de 2007.
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