Hace un par de semanas The Times publicaba la noticia de que un empresario indio, Bahadur Chand Gupta, ha puesto en marcha una línea aérea bastante peculiar: su flota consiste en un único avión -un Airbus 300- que, para acabar de redondear las cosas, no despega nunca.

Los pasajeros lo saben, pero no les importa. Tienen suficiente con sentarse en los asientos, abrocharse el cinturón -¡clac!-, desabrochárselo cuando se apaga el letrero luminoso de fasten your seat belts...Les basta con escuchar los saludos del comandante y las instrucciones de las azafatas sobre cómo ponerse los chalecos salvavidas y las máscaras de oxígeno. Pocas veces habrá encontrado azafato alguno pasajeros tan atentos. En estos tiempos en los que en los vuelos ya nadie presta atención a las instrucciones del personal de cabina, los pasajeros del Airbus 300 de Nueva Delhi las escuchan embelesados.

No se pueden establecer comparaciones con el avión del Tibidabo. El del Tibidabo gira y gira, aunque tampoco vaya a ningún sitio, pero es como de juguete. El de Nueva Delhi, en cambio, es real y los pasajeros buscan la sensación de un vuelo de verdad. India es un país donde el 99 por ciento de la población nunca ha subido a un avión; y que nadie, aquí, se sorprenda demasiado. Décadas atrás, también en nuestro país las cifras debían ser de una espectacularidad parecida.

Pues esas personas que nunca han viajado en avión -y muchas de las cuales probablemente no lo harán nunca- lo que quieren es experimentar todo eso, acercarse lo más posible a un vuelo real. Por eso viajan a Nueva Delhi desde lugares lejanos y pagan los 2,75 euros que cuesta el viaje en ese Airbus que nunca inicia el vuelo.

A propósito de eso precisa The Times: "Aunque el comandante Gupta quisiese despegar, el avión no iría lejos: sólo tiene un ala y le falta buena parte de la cola. Pero nada de eso le preocupa cuando se sienta ante los controles de la cabina. Sus avisos habituales incluyen: ´En estos momentos entramos en una zona de turbulencias´ y ´Empezamos nuestro descenso hacia Nueva Delhi´". Para mí, la parte más conmovedora es cuando explican: "A los pasajeros les atienden seis azafatas, incluyendo la esposa de Gupta, que va arriba y abajo del pasillo con su carrito de bebidas, y sirve las comidas en bandejas de líneas aéreas. Algunas de las azafatas esperan conseguir algún día empleo en aviones de verdad, y contemplan este trabajo como una práctica que les resultará útil".

Y así estaba yo, releyendo los detalles de la noticia -que el avión está en un suburbio del sur de la ciudad, que cuarenta personas hacen cola cada fin de semana para conseguir tarjeta de embarque, que tras el viaje una pasajera declaró: "Ha sido mucho más bonito de lo que había imaginado"- y entonces, no sé por qué, una palabra ha ocupado por completo mi cerebro: Catalunya.