El nacionalismo es una doctrina política que señala que la Humanidad puede estar dividida en unidades discretas, llamadas naciones, y que cada una de estas puede constituir un estado o unidad política separada. La nacionalidad se entiende como un grupo humano que comparte una cultura, idioma, religión e historia. Este grupo debe ser gobernado por gente que pertenece al mismo. Sus antecedentes los encontramos en los filósofos románticos alemanes como Herder y Fichte, cuyas ideas han servido para desarrollar el concepto de cultura y raza y para explicar de qué forma alguna gente pertenece de manera natural a tal o cual cultura.
El nacionalismo ha tenido una historia bastante amarga a lo largo del siglo XX aunque algunas veces se confundió con etnicidad o con conceptos muy estereotipados aplicados a la idea de nación. Como problema antropológico, el nacionalismo surgió en la década de los años 1980 como consecuencia de los separatismos nacionalistas europeos que se dieron después de la segunda guerra mundial en la Bretaña, Escocia o el País Vasco.
La idea de la construcción nacional se alimentó también en las antiguas colonias europeas en la India, Sri Lanka, Nigeria, Sudáfrica, etc. bajo la denominación de postcolonialismo y nacionalismos postcoloniales y, a partir del año 1989, después de la caída del muro de Berlín y los conflictos de separatismo en la antigua Yugoslavia.
Se ha tratado de unir al nacionalismo con la modernidad, es el caso de la obra Naciones y Nacionalismos de Ernest Gellner, sobre la idea de que la sociedad industrial debería estar asentada en la homogeneidad cultural que facilitaría un buen crecimiento económico. Para lograr esta homogeneidad, el estado debería tener el control sobre el proceso de reproducción cultural, a través de la instrucción y educación de todo el grupo humano de que se trate. Un argumento que utilizaría el nacionalismo para lograr la homogeneidad de todas las unidades discretas que lo compondría sería imponer una política que realmente tuviese que ver con la idea de lo tribal plena de atavismos. Otros autores, como Victor Turner, hablan del nacionalismo como una forma de imaginación política que debe ser analizada con los dispositivos que se aplican al estudio de la religión o del parentesco, más que a una ideología política como el liberalismo o el marxismo. En otros casos, el nacionalismo se ha estudiado como un producto cultural que puede informarnos acerca de los mass media, el arte que se produce en un lugar o el folclore de un área cultural diferenciada.
ES VERDAD que los nacionalismos han movilizado políticamente a bastante gente en la sociedad actual. Para ello, se ha tratado de demostrar que tal o cual cultura provienen de unas determinadas raíces históricas llenas de autenticidad y que, debido a ello, esta cultura se hace plenamente consciente de su destino que, por supuesto, debe tener un lugar de privilegio en el mundo. Por otro lado, se sabe que el nacionalismo ha sido el arma empleada para cometer los crímenes más graves del siglo XX, por lo que es una teoría que no debe de quedar en un rincón, tirada en medio de todos los relativismos, sin estudiarla a conciencia.
Hoy tenemos un ejemplo de nacionalismo en Bélgica en donde, desde el día de las últimas elecciones, 10 de junio de 2007, el país sigue gobernado por el equipo liberal flamenco de Guy Verhofstadt que es el que debía haberse ido al llegar los cristiano-demócratas de Yves Leterme, al que se le ha encargado en el mes de septiembre y, por segunda vez, formar gobierno. El gobierno no se constituye por desavenencias y esto ha dado paso a la idea mantenida por los separatistas flamencos de la imposibilidad de formar un gobierno federal en Bélgica. Además, los ecologistas, han sacado a la luz un escrito en el que se denuncia la nacionalización de la energía belga por el Estado francés, después de haberse fusionado las compañías energéticas, Suez y Electrabel. Todo ello, ha revuelto el agua del nacionalismo y han vuelto a aparecer, si algún día se fueron, las fronteras lingüísticas que delimitaron leyes de los años 1962 y 1963. Han surgido acusaciones de romper el bilingüismo y un régimen de facilidades otorgadas a los hablantes francófonos que viven en territorio flamenco, basadas en un carnet de identidad, en el derecho a recibir la documentación oficial y de tener escuelas subvencionadas en el idioma francés. Los flamencos dicen que esto es por un tiempo determinado, mientras que los francófonos señalan que todo ello se encuentra definido claramente en la Constitución belga.
LOS FLAMENCOS rechazan a los francófonos señalando que pertenecen a la alta burguesía francesa que ha colonizado Flandes, negándose a hablar su idioma y tratando de imponerse en todos los sentidos a la mayoría flamenca. Además, el personal funcionario de la Unión Europea no ha ayudado al mundo flamenco pues, con sus sueldos altos, han subido los precios de las viviendas que han pasado de 9 euros a 400 euros el metro cuadrado en menos de treinta años. Debido a ello, se comienzan a utilizar vocablos fuertes como racista definido como una persona que posee la clara voluntad de erradicar al idioma francés. Esto parece señalar que los compromisos entre las partes flamenca y francófona belgas alcanzados en el año 1830 se están desintegrando y, que los tiempos de los compromisos se están rompiendo, dentro de un contexto paradójico en donde se asienta la idea de una Europa cada vez más unida.
José Luis Caramés Lage. Profesor de la Universidad de Oviedo.

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