DECADENCIAS
Sendos y notables profesores de Sevilla y Cádiz (Jacobo Cortines y Alberto González Troyano) acaban de publicar en la Fundación Lara libros que, en todo o en parte, vuelven, recapitulan e indagan sobre un mito sevillano, pero más aún español, como es Don Juan. Si dejamos de lado las obras de creación que lo tratan, es ya sorprendente ver en una bibliografía somera el número y calidad de los exégetas. Por ejemplo: Bergamín, Marañón, Camus, Kierkegaard, Madariaga, Maeztu, Ortega o Stendhal, entre muchos más...
Don Juan Tenorio es el hombre promiscuo y cazador, el hombre que se envalentona en su hombría. Pero Don Juan es también (antes de algunos finales) el hombre que no sabe amar, o aún mejor, que confunde el amor con la cacería. Marañón le vio un componente homosexual, como a esos muchos hombres -todavía hoy- que fornican con las mujeres (a las que muy en lo hondo desdeñan), pero que cuando se divierten de verdad es siempre bebiendo y en camaradería con sus amigotes...
Don Juan quedaba muy bien como emblema del caballero español del XVII, conquistador, bravucón, hidalgo y aventurero, aunque Cortines nos diga que el origen de la leyenda se va al siglo XIV. Don Juan es el varón de la promiscuidad, y entre tantas glosas y tantas obras espléndidas la pregunta presente es ¿qué queda de Don Juan? ¿Puede ser Don Juan el famoso varón domado, puede serlo el atractivo metrosexual? ¿No habrá hoy mujeres liberadas, auténticas Doña Juana?
El Don Juan clásico (con no poco de señorito) tal vez esté algo de capa caída, porque nuestros prosaicos días apenas dan para esa apuesta figura del hidalgo derrochón y jaranero, aunque haberlo, hailo. Sin embargo, me parece que el Don Juan menos petulante y más de fin de semana sigue siendo un modelo masculino occidental: es el chico promiscuo, el que quiere ligar con cuantas más mejor, y que siente compatible el serio estatuto de tener novia (o pareja estable) con el friso festivo de las danzarinas etruscas.
De otro lado, hoy se hace evidente que sólo el trasfondo católico de Don Juan condena la promiscuidad, que aceptada por hombres y mujeres (como en el amor libre de los 70) no tiene por qué ser mala por necesidad. No faltan erotólogos que advierten que una etapa de promiscuidad es sana en la vida, porque al fin -es sólo una óptica- termina por ayudar, se trate de hombre o mujer, a elegir mejor.
Es posible que ni el Don Juan de Tirso, ni el de Byron, ni el de Zorrilla existan hoy. Pero es evidente que la idea de Don Juan mueve muchas íntimas pulsiones masculinas. Hay entonces, ahora mismo, un Don Juan que aún no ha escrito nadie, un moderno Don Juan por escribirse, acaso partiendo de la teoría que esbozó Pérez de Ayala antes de su Tigre Juan. Si el amor cortés había mitificado a la mujer, el Burlador sevillano mitifica al hombre. De donde regresa Marañón: ¿el perfecto Don Juan no es hoy un gay apuesto y ligón? ¿No habrá entonces y en paralelo una vampiresa preciosa y ligona? Don Juan es promiscuidad, y su moderna epopeya está por trazarse. Polémica seguirá siendo, sin duda.
© Mundinteractivos, S.A.

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