AL ABORDAJE

Un amigo sevillano me cuenta que comprar EL MUNDO es el único recurso en Andalucía para calibrar el chavismo desde una perspectiva crítica, ajena a esa asociación entre poder y Chaves que parece interiorizarse en la misma cuna. Que esa perspectiva enoje o estimule ya depende de las filias ideológicas propias y de que cada ciudadano esté o no dispuesto a aceptar la definición que Mark Twain dio al periodismo: «Una sucesión de antorchas en el camino», o dicho de otra manera, un arrojar antorchas al pozo para iluminarlo.

En el periodismo hecho en Sevilla, tan inclinado con frecuencia a la rapsodia del tipismo, a la convicción compartida con Belmonte de que lo que está lejos es La Coruña porque Sevilla está donde tiene que estar, las antorchas las encienden Francisco Rosell, director, y Javier Caraballo, redactor jefe. Llevan tiempo agitando las aguas del estanque con un estilo combativo que hace suya la pasión anglosajona por la captura de una buena historia que antes de pasar a envolver el pescado tiene tiempo de inquietar al poder y sus presunciones de impunidad. Las comunidades autónomas son territorios propicios para la consolidación de baronías endogámicas que empiezan por atar a los medios y controlarlos mediante la dependencia clientelar.

Eso se está esbozando en el Madrid que purgó a Germán Yanke por usar los «argumentos del enemigo» y, desde luego, en Andalucía, donde el presidente tiene además 25 años de ventaja. Así, en el feudo donde Chaves viene sobreviviendo a todos los ciclos de renovación socialista, como una reminiscencia generacional o un quiste personalista, Rosell y Caraballo están librando lo que parece una reproducción a escala de las batallas entre periodismo y felipismo que tuvieron lugar en los candentes años 90. Su Míster X de cabotaje es el organizador de la trama de espionaje a Juan Manuel López Benjumea, presidente de la Caja de San Fernando en el tiempo en que publicaron la historia que les ha llevado a juicio con fianzas propias de criminales y con testigos que de repente se desdicen como los timoratos de las películas de gánsteres que no quieren caer por el hueco del ascensor.

No se está juzgando tanto un asunto concreto como un modo de ser periodista bajo el chavismo. Al ciudadano, que carece de interés corporativo, ha de antojársele un tema banal, este nuevo pulso entre el poder y un medio con pedigrí contestatario. Pero lo cierto es que, acosando esta única interferencia, Chaves busca la escena escarnecedora de tener a dos molestos perseguidores de historias atrapados en un cepo en la plaza pública. Y así lanzar el mensaje de que lo que conviene a quien frecuente los medios es seguir improvisando loas al salmorejo, a los taquitos de jamón, a los alucinados de taberna del barrio de Santa Cruz y al mes de abril en La Maestranza.

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