TIEMPO RECOBRADO

Cuenta Leonardo Sciascia en Negro sobre Negro una anécdota sobre la naturaleza farisaica de la política que me parece tan reveladora como divertida.

Durante la II Guerra Mundial, una mujer de un pueblo de Sicilia recibió de las autoridades la noticia de que su hijo había muerto en combate. Como era la primera víctima de la comarca, el alcalde fascista organizó un gran funeral con la presencia de todas las fuerzas vivas de la localidad.

La noche anterior al evento, la buena mujer estaba escuchando la BBC cuando oyó que su hijo habia sido hecho prisionero por el Ejército británico. La emisora facilitó el número de placa, la edad y el lugar de nacimiento, por lo que no cabía albergar dudas sobre la buena nueva.

La madre no sabía qué hacer. Por un lado, no quería decepcionar a las autoridades locales, pero, por otro, le remordía la conciencia por prestarse a una farsa. Tras meditarlo mucho, optó por hablar con el jefe de los carabineros, al que le dijo estas palabras: «El corazón de una madre no se puede equivocar. Yo siento que mi hijo está vivio y creo que sería mejor no hacer este funeral».

A lo que respondió el subteniente de carabineros: «Doña Carmela, yo también tuve anoche el mismo sueño. Pero el funeral ha de celebrarse de todos modos».

Igual sucede con los numerosos actos preelectorales a los que estamos asistiendo estos días: hay que celebrarlos, aunque nadie cree en ellos porque no sirven para nada.

Durante los tres meses que vienen, estamos condenados a soportar la habitual letanía de promesas que los partidos formulan cuando se acercan las elecciones.

Si las medidas que propugnan ahora los líderes políticos son tan benéficas, ¿por qué no las llevaron a cabo cuando estaban en el poder?

No quiero caer en una crítica populista de la política, pero me parece un insulto a la inteligencia la carrera del PSOE y del PP por ofrecer reducciones de impuestos a los contribuyentes.

Zapatero se comprometió a dar un cheque de 2.500 euros por cada recién nacido y Rajoy ha contraatacado con una rebaja fiscal que exime de pagar impuestos a siete millones de trabajadores.

Las dos iniciativas me parecen un error porque da la impresión de que el Estado se financia con billetes de 1.000 euros que caen del cielo.

Cada ciudadano debería ser consciente de que su obligación es aportar los recursos que le tocan en proporción a sus ingresos para sufragar los servicios públicos. Al Gobierno le toca repartirlos y en eso consiste precisamente la política.

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