La Coctelera

Reggio

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21 Noviembre 2007

El niño de las moscas, de Julio Cesar Iglesias en El Mundo

EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 78

Si exceptuamos la Cumbre de Santiago de Chile y el repertorio bananero que ha consolidado a Hugo Chávez, alias Ego Chávez, como friqui del año, el acontecimiento del mes ha sido la aventura del Arca de Zoé.

Aún recordamos con emoción las primeras imágenes del comandante Agustín Rey en la comisaría de Yamena. Imbuido de la autoridad de sus cuatro galones mantenía una tensa conversación con el presidente Idriss Deby sin bajar la mirada. Su complexión ligera se perdía en el cortejo de guardaespaldas, diez o quince hombrones de factoría que le miraban como a un delincuente. Era, dijo, un piloto español que por azares de la profesión estaba en medio de un grave malentendido. Sin duda, los investigadores averiguarían la verdad y se encargarían de deshacer el equívoco.

A intervalos de un minuto las cámaras del telediario mostraban algunos planos fugaces con niños de guardería cuyas expresiones no conseguíamos descifrar. Si acaso, compartían el parecido inevitable de los refugiados y los insomnes.

Muy pronto, el comandante y sus compañeros empezaron a acusar la incertidumbre del cautiverio. Con un gesto de resignación, las azafatas se adecentaban los vaqueros en un chamizo amarillento. Bajo aquella pátina de polvo africano inspiraban una compasión sincera. Iban tomando el tono enfermizo de las fotos viradas a sepia y representaban esa malicia de los dioses que llamamos fatalidad: todos habíamos sido alguna vez culpables por accidente.

Un minuto más tarde repetían las imágenes, material de relleno, con la corraliza de niños. Una cooperante muy desenvuelta les llenaba el cuerpo de vendajes para componer el típico atrezzo de heridos de guerra. Involuntariamente nos fijamos en uno: el que vestía una enorme camiseta blaugrana. Entonces cambiaron el plano.

Posteriormente veríamos nuevas secuencias de la tripulación. El comandante sostenía las ojeras y el uniforme con una elegancia casi militar. Como indica el manual del buen piloto, la compostura da un timbre de seguridad, y la seguridad es el valor más preciado en el mundo de los aviadores. En su propio cuchitril, las azafatas tenían ahora la expresión de agotamiento que sólo se alcanza por sucesivas decepciones. La situación se hacía insoportable.

De repente mezclaron la imagen del niño en otro plano de recurso, y conseguimos verle la cara por un momento: estaba claro que no era el preferido de las cámaras, pero era el favorito de las moscas. Nadie le había limpiado los mocos, así que llevaba la historia del último catarro en la nariz.

En eso apareció Sarkozy con su avión presidencial, rescató a las azafatas y se presentó en Torrejón de Ardoz. Aunque por su aspecto podría ser un jefe de negociado en comisión de servicio, el avisador de su teléfono móvil tocaba la marsellesa y la charme del Elíseo le asomaba por el canto de la solapa. Días después, recién duchados, con el nudo de la corbata impecablemente asimétrico, volvieron nuestros héroes. Fue una epifanía para todos. Recuperarlos sanos y salvos nos alegró la vida.

Seguimos sin noticias del niño resfriado. Y le debemos el favor de un descubrimiento. Nos ha demostrado que las moscas llegan en invierno al panal de la miseria.

© Mundinteractivos, S.A.

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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