EL ESPECTADOR

Artur Mas pronunció ayer su primer discurso con voluntad explícita de crear su propia ideología, más allá del legado de Jordi Pujol. Lo hace en un momento difícil para su partido, Convergència Democràtica (CDC), metido en los predios resbaladizos de una oposición malacostumbrada por dos largas décadas de poder. A la fuerza ahorcan. Por eso, el líder convergente ensaya la cuadratura del círculo, a saber: mantener la centralidad de una formación acreditada por el oficio de gobierno a la vez que rompe claramente con algunos moldes pujolistas que ya no sirven para avanzar en esta nueva etapa.

Lo mejor de esta apuesta de Mas es su imitación de la ambigüedad productiva que permitió a Pujol sumar votos de procedencia muy diversa. Por eso, lo más rupturista de su mensaje, que es la superación - sin fecha fija- del marco autonómico, aparece sin que se citen ni un momento las palabras que pueden asustar más a ciertos públicos, verbigracia "autodeterminación" e "independencia". Se habla de "derecho a decidir por nosotros mismos sobre aquello que nos es propio", un circunloquio lo bastante amplio y vago como para que puedan adoptarlo los soberanistas tranquilos como esos votantes clásicos de CiU poco amigos de sorpresas y algo dados, últimamente, a la abstención. El reto que se ha impuesto Mas es ir dos pasos más allá de Pujol pero sin asustar a la señora Pérez. El desafío es repescar a los votantes perdidos y ganar también a los nuevos, que anhelan plantar cara, sin miedo, a una inercia centralista cada vez más imparable, insufrible y lesiva.

Lo más discutible del discurso expuesto por Mas es cierta confusión entre el papel que debe tener el catalanismo genéricamente y la misión concreta de CDC y CiU. Las actuales flaquezas y perplejidades del mundo convergente tienen una lógica interna que no siempre coinciden con las debilidades de todo orden que vive el mundo nacionalista en un sentido más amplio, no estrictamente partidista. Marcar responsabilidades sería útil.

En lo estratégico, Mas - conectando con cierto agotamiento civil- se muestra audaz a la hora de renunciar a la pedagogía simpática ante España y, en cambio, prefiere trocar la cultura resistencial del catalanismo por la seducción y la capacidad de convencer a los catalanes poco o nada sensibles a los postulados nacionalistas: "Si queremos decidir, no lo hagamos contra ellos; hagámoslo con ellos". Es una forma acertada de conjurar el fantasma de la división interna. Ello se complementa con una perspectiva abierta sobre la globalización, a la que ve como una oportunidad para Catalunya.

Mas ha enseñado sus cartas, para durar más que para ganar.