Los políticos tienden a resultar equívocos en sus predicciones, porque nunca se sabe si dicen que van a ganar para desanimar al adversario o si dicen que la cosa no está clara para que los suyos no se descuiden. En esta clase de
asuntos, lo único indiscutible es que nada está decidido hasta que se recuenta la última papeleta. Lo que vaya a pasar en marzo está, pues, en el alero. El PP tiene a su favor el antecedente de unas elecciones municipales que arrojaron una imagen ligeramente favorable para él, y un buen número de sonoras bofetadas en circunscripciones en que el señor Zapatero había metido su prodigiosa mano más de la cuenta.
Desde entonces, el presidente del gobierno ha maquillado muchos de sus gestos y parece haber aprendido alguna que otra lección, aunque sigue derrochando muestras de ingenio que raramente le aconsejaría alguien que no sea, por ejemplo, Suso de Toro. Otro factor que le puede resultar favorable es el generoso uso que está dando al dinero del superávit, como quien reparte aguinaldos de tío rico. En su contra, algunas situaciones muy desafortunadas que resulta difícil separar de la gestión de su Gobierno (caso del caos catalán y del ridículo exterior), además de que muchos indicadores sugieren que su credibilidad está bastante lejos de ser la deseable para un líder que aspira a ganar las elecciones. Probablemente, algunos asesores sensatos y forzosamente pacientes le aconsejaron disolver en octubre, pero su optimismo ha podido más que la amenaza de unos nubarrones económicos perfectamente perceptibles.
El PP, por su parte, padece una imagen manifiestamente mejorable. Muy lejos de los lugares en los que, como Madrid o Valencia, logra excelentes resultados, la dirección nacional no ha conseguido desmarcarse de una imagen muy reactiva y ha caído frecuentemente en las diversas trampas (no siempre sutilísimas) que le han ido tendiendo, tanto desde el entramado de medios de comunicación favorables al Gobierno, como desde el propio Gobierno, que parece tener tiempo para todo lo que no sea resolver problemas. Esta imagen de grupo incapaz de hacer algo distinto a una oposición de libro tendrá que ser sustituida a toda prisa en estos meses que quedan. En cualquier caso, el PP podría ganar las elecciones, y hacerlo de forma clara si acertase a desembarazarse de esas rémoras. La derecha, por el contrario, tiene un gran valor del que, más allá de la propaganda, carecen sus adversarios: la imagen de excelente gestión que se adjudica a sus Gobiernos autonómicos y municipales, lo que sirve para reforzar la memoria positiva que, en este mismo aspecto, se tiene de los gobiernos anteriores; a ello hay que añadir, sin duda, la gran fidelidad de sus electores.
El juicio decisivo va a depender, me temo, de la opinión que tenga una buena mayoría de los electores no fijos, aquellos que deciden su voto de manera no ideológica y que lo mismo votan que se quedan en casa. A grandes rasgos, su
duda se puede plantear en los siguientes términos: o bien optan por darle una segunda oportunidad a Zapatero (que es lo que siempre ha pasado en ocasiones similares), o bien deciden que están lo suficientemente hartos de novedades y
zarandajas, en cuyo caso se quedarán en casa o cambiarán de voto. Por curioso que pueda parecer, son muchos los votantes (e incluso militantes) socialistas que se pueden encontrar en una tesitura semejante. El peculiar
socialismo de Zapatero ni acaba de entusiasmar a los socialistas de toda la vida, ni tiene los mimbres suficientes como para satisfacer los paladares, más exigentes, de quienes siguen creyendo en que es posible una forma de ser de izquierdas sin caer en la caricatura medio posmoderna y un tanto contorsionista que él representa.
En medio de un escenario tan poco despejado, el gobierno ha de actuar en tres frentes de comunicación de distinta naturaleza. La propaganda del PSOE se viene dedicando, en primer lugar, a fortalecer la idea de que el Gobierno
se interesa por los asuntos generales, los que a todos importan. Se trata de un flanco en que las debilidades son evidentes y, muy en especial, en lugares en los que el PSOE podría perder sus fortalezas tradicionales. En segundo lugar, el Gobierno tiene que dedicarse a promover el optimismo, no tanto por talante como porque de esa manera ahuyenta (o intenta hacerlo) las tendencias negativas de la economía, y también porque le permite seguir acusando de catastrofista a una oposición que se dedica a subrayar lo que casi todo el mundo empieza a notar en sus bolsillos. Por último, el gran objetivo es seguir presentando a la derecha como los eternos nostálgicos, los herederos de Franco, culpables de todas las guerras y enemigos de la paz con los nobles muchachotes de la ETA.
Quienes quieran presentar estas elecciones de modo dramático corren el riesgo de equivocarse, como ya se equivocaron en otras ocasiones. No seré yo quien discuta la importancia de la próxima convocatoria, pero creo que hay
que preguntarse por lo que desean los españoles y tratar de ofrecérselo sin merma de las posiciones de fondo, por lo demás suficientemente conocidas. Muchos españoles le tienen miedo al miedo y, aunque sea un tanto infantil, no quieren estar permanentemente mirando al abismo. Estoy seguro de que desean tener un mejor gobierno y, a ser posible, no quedar siempre como los más torpes o los menos gallardos. En resumen, buenos argumentos, pero sin empujar.
José Luis González Quirós, es escritor y analista político.

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