Sometido, como es lógico, a todo tipo de presiones por sus espacios electorales colindantes, el presidente de la Generalitat se apresta a cumplir el próximo viernes el primer aniversario de su investidura por el Parlament de Catalunya. En el tiempo, este aniversario coincide con la votación en la Cámara catalana de la petición de dimisión de la ministra Magdalena Álvarez, en la que los socios del PSC dejaron inusualmente solos a los diputados socialistas en una decisión sólo explicable por la proximidad de las próximas generales y las ganas de expresar un perfil propio ante tan decisiva contienda. Y no es que no haya razones para pedir la dimisión de la ministra, que no pasa día que no haga puntos para ello, sino que esa no debiera ser una función del Parlament. En el Congreso hay diputados de todos los partidos catalanes y es allí donde el asunto debe dirimirse para no confundir las cosas. Pero el tacticismo de la política catalana, a veces tan parecido al de Italia, acaba siempre pasando factura y por ello Montilla, que podía no tener las de ganar en el debate del Parlament, fue el que salió mejor parado ya que CiU no consiguió recoger el caudal de malestar que pueden tener los ciudadanos. El aniversario también coincide con la puesta de largo de la Casa Gran del catalanismo, que es como Artur Mas define a la refundación del catalanismo, y del que hoy se conocerá su cuerpo doctrinal. La conferencia de Mas es importante, no en vano es el máximo representante de la primera formación política catalana en unas autonómicas. A punto de iniciar el quinto año en la oposición en Catalunya, el oxígeno hay que buscarlo en operaciones audaces y quizás la única puerta abierta para CiU hoy por hoy es la de España.
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