CANELA FINA

Lo que más me molesta de Gallardón es que haya encargado a la Piccirilli la maniobra de descristianización de la Navidad madrileña. En la inmensa mayoría de las luces municipales que adornan las calles y avenidas no hay estrellas navideñas ni escenas de Belén ni nada que recuerde el nacimiento del niño Jesús. La Piccirilli, única lectora diaria que queda de las obras escogidas de Lenin, hito por el que ha sido propuesta para figurar en el libro Guinness de los récords, se esfuerza en borrar cualquier huella evangélica de los adornos navideños y ha convertido, además, a los Reyes Magos en una historia de ficción como Blancanieves o Antoñita la Fantástica. Lenin dixit.

También me molesta, y con jota, el palacio que, con el dinero de todos los madrileños, se ha preparado Gallardón en la plaza de Cibeles en un alarde de nouveau riche. El fasto y la suntuosidad se unen al despilfarro de los impuestos casi confiscatorios que padecemos. Esperemos que a la Piccirilli no se le ocurra trasladar la nueva sede del Ayuntamiento al gran edificio que hay en la Plaza de Oriente frente al Teatro Real.

Los lectores de EL MUNDO ya conocen estas opiniones mías por canelas anteriores. Por eso me urge afirmar ahora que pongo la mano en el fuego por la honradez de Gallardón. Le conozco desde niño. Se dejaría arrancar las uñas de las manos, incluso por Esperanza Aguirre, antes de participar en la menor de las trapisonderías. Heredó de su inolvidado padre el amor por la ley, el respeto a la norma.

Alberto Ruiz Gallardón es uno de los grandes políticos que ha dado España en el último medio siglo. Inteligente hasta decir basta, culto, flexible, simpático, constructivo, polemista habilísimo, excelente gestor, los madrileños le han votado mayoritariamente en numerosas ocasiones, incluso cuando, por una alianza de socialistas y comunistas, se quedó en la oposición tras ganar las elecciones. Por otra parte, ha sabido rodearse de gentes de primera. Manuel Cobo es un ejemplo de gestor eficaz y de político lúcido al servicio del bien común. Hombre de visión a largo plazo, Gallardón ha puesto en marcha el Madrid del año 2050. Es, además, un hombre de la cultura y ha quebrado esa contradicción in terminis que es el político-culto. Con él se puede hablar lo mismo de música que de poesía, de ciencia que de filosofía.

Sus errores son claros. Sus aciertos, innumerables. Sus cualidades personales extraordinarias. Sobre todas ellas destaca la honradez. Sus enemigos, dentro y fuera del partido al que pertenece, le pueden zumbar por muchas cosas porque la política audaz irrita a los pusilánimes. Pero nunca le han podido encontrar ni le encontrarán en el futuro nada que pueda heñir la honradez que ha sido norma general y estricta de toda su vida política y personal.

Ante el alud de insidias, calumnias y maliciosidad que se está vertiendo por el asunto «guateque» conviene reafirmar lo obvio: no hay quien pueda rozar la limpia honradez de Alberto Ruiz Gallardón. La justicia exige a los que le conocemos bien, la repulsa a una campaña insidiosa desencadenada por los que envidian su transparente carrera política.

Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española

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