El 'superpremiado', de Hernán Migoya en El Mundo
Premio Nacional del Cómic
Tan apesadumbrado me hallaba ante el anuncio de que Amaia abandona La Oreja de Van Gogh (¿cumpliré algún dÃa mi sueño de lamerle un pie?), que no reparé en la que es sin duda la noticia positiva del dÃa: ¡Max ha ganado el I Premio Nacional del Cómic!
Lo escribiré rápido para que no me dé tiempo a arrepentirme: estoy enamorado de Max. SÃ, lo quiero. Lo adoro. ¡Lo amo!
Ustedes no lo entienden porque no lo conocen. El se merece todos los laureles (y a este ritmo los va a conseguir varias veces seguidas: ya ganó casi todas las categorÃas del Salón Internacional del Cómic de Barcelona, incluido el Gran Premio en el año 2000, galardón supuestamen'te otorgado al conjunto de una trayectoria profesional y que él se llevó a la mitad de la suya, como mucho). Se merece todos los premios como autor, pero apostarÃa mis gafas a que también se los merece como persona.
Max es especial. Durante los años que coordiné la revista El VÃbora, de 1992 a 1998, tuve un contacto más o menos asiduo con varios de los autores de su primera etapa, la legendaria, la de los primeros años 80. De pocos, para qué mentir, guardo buenos recuerdos; por eso no puedo dejar de mostrarme agradecido a Onliyú, a Nazario, a MartÃ, a Gallardo... y, sobre todo, a Max.
Para alguien de pueblo como yo, si algo resulta fácil en una bohemia tan pija e hipócrita como la barcelonesa, es descubrir e identificar, de entre los artistas comprometidos, a los de pega; a los impostados que se llenan la boca denunciando injusticias sociales mientras comen (y si sólo comieran...) a dos carrillos; a los niños burguesitos de herencia holgada que proclaman la crueldad del sistema capitalista mientras atestan sus bolsillos con subvenciones de sus amigos; a los arribistas enrollados que sólo buscan colocarse en la tele, tener chacha sudaca y seguir diciendo que luchan por un mundo mejor. Pues bien, de toda esa bohemia de pacotilla, casi sólo pondrÃa la mano en el fuego por Francesc Capdevila, alias Max. (Y por Manel Fontdevila, otro profesional catalán que hubiera merecido este premio).
Max cree en sus denuncias. Max cree en sus causas. Max cree en el compromiso social del artista. No lo digo sólo porque haga años que se autoexilió a un pueblo idÃlico (supongo que será idÃlico) de Mallorca a vivir como los hippies, no: eso también lo hizo Mike Olfield. Lo digo porque sólo hace falta mirarle a la cara para saber que es cierto.
Pero quizá Max cree en su compromiso porque piensa que todo el mundo es como él. DeberÃan conocerlo alguna vez: su presencia es serena y poderosa, su hablar mesurado y cautivante, su mirada negra e intensa... y tan guapo. Todos los autores de cómic queremos ser como Max. Ya que no podemos ser tan buenos artistas como él, ¡nos conformarÃamos con ser igual de buenas personas!
Yo además lo amo. Creo que eso ya lo he dicho. En un mundo donde le dan el Nobel a un caradura como Al Gore, es una bendición que en nuestro paÃs le demos este premio, otro, a Max.
Respecto al Premio Nacional del Cómic en sÃ, todos los que nos dedicamos a esto parecemos sedientos de reconocimiento público, de una proyección de la que hemos carecido durante décadas. Y no complejo de inferioridad: es que ya toca, ¿no?
Y al menos no lo han llamado Premio Nacional de la Novela Gráfica.
Hernán Migoya es guionista de cómics, escritor y cineasta. El último cómic que ha escrito es Julito, el cantante cojito (Edicions de Ponent)
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