Hoy se conmemora el equis aniversario de la muerte del Generalísimo. Mientras, se eterniza la paradoja de que a medida que su historia se esfuma, crecen las batallitas que van narrando unos y otros sobre su implicación en la era. Incluso los hay que, sin haber tomado arte ni parte en nada de ello, viven a su costa, como serían estos ingleses Ian Gibson y Paul Preston, con sus continuos libros alrededor del lío. Aunque menos mal que no nos inquietan o sería la pesadilla, pues suelen refritar datos ya conocidos.

Por lo cual se me ocurre que yo también puedo contar alguna de mis batallitas, pues abuelito igual lo soy. Así, rememoro lo que me ocurrió al respecto en el verano precedente al ilustre deceso. Yo dirigía la revista Destino, propiedad de Jordi Pujol, quien me había dicho: "Aprieta fuerte". Lo que yo hacía, a causa de lo cual me iban cayendo multas de 500.000 pesetas de entonces, que Pujol pagaba y ya penaba. Además, a partir de no sé cuántas sanciones, la publicación era prohibida. Y ya estábamos a la puerta de ello, cuando al presentar el original de la revista a Información y Turismo para que dieran el permiso de publicación o circulación, me anuncian la fatal multa definitiva. Llamé entonces a Pujol, que estaba en Londres y se había visto cortésmente con Fraga Iribarne, allí de embajador español y usando bombín.

Hablaron, pues, del asunto, y Fraga le indicó que yo fuera a Madrid enseguida para entrevistarme con el director general de Prensa, Manuel Jiménez Quílez, hombre suyo y que fue director del diario Ya.

Era de rostro porcino y me recibió con un broncazo, llamándome insidioso y tal. Intenté discutirle y fue imposible, se crecía. Así que, harto, le espeté: "Bien, cárguese la revista, pero tienen a Franco en la clínica echándole sangre por un agujero, que pierde por otro. Por lo que si no se entiende hoy conmigo, pronto acaso tendrá que hacerlo con otros que le resultarán peores". La cara le reventaba, granate. Agarró el teléfono, pensé que me enviaba a la ergástula, pero bramó: "¡Con el fiscal general! Oye, quitad el expediente de Destino.Y usted, ¡lárguese!" Lo que hice, ligero.

Metiéndome después en otro embrollo con Fraga, al que fui a entrevistar en la nueva situación, siendo él director de Cervezas El Águila o San Miguel. Y ante cierta opinión política mía me soltó iracundo: "¡Esto no se lo tolero!". A lo que respondí, aún más impertinente, y nada agradecido a su anterior gestión: "De ministro usted podía decir esas cosas, pero de cervecero no es nadie para mandar". Ante lo cual reaccionó prohibiéndome dar la entrevista. Pero le desobedecí y la publiqué en Destino, y además simulando que rezaba el rosario al rematar sus parrafadas con ora pro nobis, como invocando la intercesión divina anonadado por su avalancha verbal e ideológica. Todo lo cual le enfureció, con motivo, y se despachó a gusto contra mí a través de una agencia de noticias. ¡Cuán inútiles, hemos sido!