CRONICA HISTORICA

El banquete de los sofistas tal vez no se ha celebrado nunca entre sus paredes, que sí han acogido a oradores de sobremesa de banquete pero, sobre todo, a grandes exponentes de la Cultura. Con sus casi 150 años de vida, el Ateneu barcelonés ha sido un importante divulgador de las últimas noticias del cerebro, y también el centro de descargas sentimentales.

Otoño de 1895. El Salón de Cátedras del Ateneu estaba lleno a rebosar para escuchar al escritor y autor teatral Angel Guimerá, el primero en reivindicar, no sin polémica, los derechos políticos de Cataluña desde tan privilegiada tribuna. Después de que el secretario saliente, Jaume Carner, procediera a la lectura de las actividades desarrolladas durante el curso anterior, dio comienzo la conferencia del famoso dramaturgo con el título A la llengua catalana. Ninguna lengua del mundo -fueron sus primeras palabras- puede ostentar más que la catalana la nobleza de un abolengo, la gloriosa memoria de un gran pueblo y el espíritu sobresaliente de sabios, poetas, reyes y santos, jurisconsultos y ciudadanos honrados que durante una larga serie de años llenaron con sus nombres todos los ámbitos del mundo.

Guimerá (Santa Cruz de Tenerife, 1849-Barcelona, 1924), era un distintivo exponente de escritor español que escribía en catalán y estaba plenamente identificado con esta cultura. Entre sus obras de mayor impacto popular figura Terra baixa, que profundiza en la tragedia rural y el drama social. En su parlamento en el Ateneu hizo mención al discurso de Marcelino Menéndez y Pelayo con el que saludó en lengua catalana a la reina cuando presidió los juegos florales de 1888. Dijo Guimerá: «En todas las ramas del saber, la lengua catalana escaló las mayores alturas a las que podía aspirar el hombre dados los conocimientos de aquella época. Consiguió la mayor galanura y perfección de la forma y, venerada por señores y vasallos, parecía como si nunca pudiera llegar otra lengua a sacarla de su casa, pues en la lengua catalana se recibían y formaban las embajadas de los soberanos entre nuestra nación y las lejanas del mundo conocido. Y en lengua catalana se hablaba en nombre de Dios en las iglesias, los jurisconsultos discutían en esta lengua, y los condes-reyes hablaban así en las cortes de toda la corona aragonesa. En lengua catalana se dictaban las leyes a las naciones y a los mares; en esta lengua escribieron, para orgullo de los presentes y de los que lleguen en el futuro, aquellos prosistas y poetas llamados Jaume Roig, Anselm Turmeda, Bernat Desclot, Andreu Febrer, Bonifaci Ferrer, Gabriel Burell, Miquel Carbonell, lo mismo que aquel Jordi que fue imitado por Petrarca, o Eximenis, de ciencia universal, consejeros de príncipes; y Joan Martorell, de cuyo Tirant lo Blanc decía Cervantes que nunca se harían suficientes alabanzas».

Guimerá se refirió también a la serie de reyes que redactaban sus propias historias, que escribían las lecciones a sus hijos y los consejos destinados a su pueblo, que se componían ellos mismos los discursos que dirigían a las Cortes generales, que sermoneaban a su manera en los púlpitos de las iglesias. Todos ellos, a un tiempo poetas y oradores, juristas e historiadores, se complacían en hablar siempre en esta lengua de Cataluña en lugar de la de Aragón, que era la castellana.

Entre las grandes figuras de la lengua y el pensamiento de la nacionalidad catalana, Guimerá destacó al gerundense Ramon Muntaner, al mallorquín Ramon Llull y al valenciano Ausiàs March, a los que se refirió, respectivamente, como el «cantor de los entusiasmos por la tierra», el de las «aspiraciones del espíritu» y el de «los deseos de los hombres»: la patria, la fe y el amor -resumió-.Las tres cuerdas que vibran con mayor fuerza dentro del alma.De Muntaner dijo que era «la encarnación viva de lo que fue un día este gran pueblo». Calificó a Llull de primer pensador de la estirpe catalana: moralista, médico, matemático, orador, químico, náutico, filósofo, poeta, filólogo El que fundaba escuelas de lengua por el mundo, el que enseñaba en las universidades de Nápoles, de Montpellier y de París; el que discutía con los ignorantes y los sabios con tal elocuencia abrumadora que parecía que sus argumentos llegaran de más allá del sepulcro De Ausiàs March dijo que era uno de los más sublimes cantores de la más divina de las pasiones humanas, puesto que reunía «todas las sentidas energías y dulces asperezas de un pueblo que se enamora con el pensamiento y la reflexión».

Durante la lectura de la primera parte del discurso hubo sonoras protestas por el hecho de que la intervención fuera en catalán, una queja que algunos socios ya habían formulado por escrito con anterioridad. Los enfrentamientos verbales se hicieron inevitables.Intervino primero Joan Maragall, como secretario, y Almirall dio lectura al discurso inaugural, de clara esencia doctrinal, también escrito en catalán y centrado en el tema Regionalisme.El Ateneu, sentenció, al reivindicar para su vida corporativa la libertad de usar el catalán, seguía la misma marcha que había seguido el catalanismo: el uso del catalán en el Ateneu empezó con el discurso de Guimerá el año anterior, y ahora debe usarse en obras de otra índole. «Los mismos derechos tiene a la vida la lengua catalana que la castellana, como cualquier otra que esté viva, y si los catalanes tienen la potestad de usarla no es debido a estas o aquellas cualidades, sino porque es la suya.Este derecho es la sencilla afirmación de unos principios de libertad y de propiedad tan necesarios al individuo como a las corporaciones. Tampoco indica hostilidad a ningún otro idioma, y menos a un idioma hermano como el castellano, hijo de la misma madre que el catalán y para el cual se afirman todo género de consideraciones que para la lengua catalana se desea cuando se aspira a que se reconozca también al catalán como idioma nacional, puesto que en la nación española vive».

La cuestión de la regeneración política de España fue abordada por Almirall, quien dijo no esperar nada de su generación, y sí en cambio de la siguiente. La regeneración debía empezar, según el orador «echando fuera casi todo lo francés que hemos traído a casa durante este siglo y vestirnos con los ropajes propios del país». Al término de su discurso admitió que no faltaría quien pensara que no eran aquellos los mejores momentos para hablar de regionalismo, «cuando España está sosteniendo dos guerras coloniales (Cuba y Filipinas) y visten luto muchísimas de sus familias. Pero a estos les podemos responder que mañana, si la nación, por desgracia, no pudiera evitar un gran desastre nacional, el regionalismo podría ser una solución salvadora», del mismo modo que una federación de naciones podría agrupar todas las de una raza.

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