BRUCE SPRINGSTEEN, EN DIRECTO

Cuando John Hammond -su primer mánager- lo descubrió, estaba convencido de haber encontrado en aquel joven obrero, nacido en Nueva Jersey en 1949, al sucesor de Bob Dylan. Le grabó su primer disco y le aconsejó que se inclinase hacia un aire de folk social. Bruce Springsteen entregó, en cambio, unas canciones muy marcadas por su verbosidad y aún más marcadas por temáticas de su origen proletario. Resultó que no utilizaba ninguno de los rasgos de la poética dylaniana, a la que toda una generación estaba acostumbrada. Nada de imágenes surrealistas e inconcretas, interpretables a gusto del consumidor que se quiere sentir moderno y visionario. Usaba lenguaje de pandillero hortera para construir precisas historias muy emotivas de amores en paro, autopistas prometedoras, barrios solitarios y enamoramientos adolescentes perdidos para siempre.

Hasta 1975, la izquierda exquisita norteamericana se enamoró de él. Por fin había un folkie que se podía poner una cazadora de cuero o bien un macarrilla interesado en leer y en no despreciar su folk tradicional, que el rock había barrido como expresión social. Era el sueño de adaptarse a los tiempos de barrios y grandes urbes por parte de los protagonistas de los pic-nics socialdemocrátas.

Pero Springsteen era pura testosterona. Los rockeros de barrio lo aceptábamos mejor precisamente por su vertiente hortera. Al menos, cuando se ponía la cazadora de cuero, no parecía una lesbiana de Bloomsbury, como le pasaba a Dylan. Aprendió bien la lección de Elvis.

Por eso, cuando actuó en Barcelona en 1983, casi pasa una cosa curiosa. Precisamente, en aquellos días, con el primer grupo que formamos con Loquillo (Los Intocables, previo a Trogloditas), estábamos tocando toda una semana en una catacumba de club barcelonés. Nuestro guitarrista era hermano del director de la revista de rock Ruta 66, Ignacio Juliá, quien pudo estar con Springsteen entrevistándolo. El americano tenía fama de ser tan insaciable en gira que, cuando acababa su propio concierto, a veces se subía a escenarios de clubes locales con bandas autóctonas. Ignacio habló con él y se mostró dispuesto y animado. Finalmente, terminó su propio concierto tan exhausto que prefirió irse a dormir. No nos pareció muy importante. Sólo hoy me doy cuenta de lo que significaría ahora tener en el recuerdo la imagen de Loquillo y el americano subidos a un escenario de dos metros cuadrados de un sótano barcelonés a principios de los 80.

Luego le llegó la fama mundial. Canciones como Born in the USA o Tunnel of love dieron la vuelta al mundo, y se profesionalizó tan radicalmente que incluso se hacía fotos épicas saltando con la guitarra colgando como si fuera un bailarín de ballet. Cuando Bill Clinton, a principios de la siguiente década, celebró su elección presidencial tocando el saxo, supimos que la izquierda exquisita había adoptado de nuevo a Bruce.

Clinton imitaba en blanco las poses sobre el escenario de Clarence Clemmons, el saxofonista negro de Springsteen. Todos nos alegramos pero, secretamente, sabíamos que aquello era sólo una broma para entretener a los simples. Porque, para adoptar verdaderamente todo lo que late en el fondo de las composiciones del de Nueva Jersey, Clinton tendría que haberse bebido el bar de la Casa Blanca, salir tambaleándose y tirarse por el suelo del escenario aullando por un poco de sexo oral. Nadie, por supuesto, desea que sea eso lo que hace un presidente, pero eso es exactamente lo que sucede muy a menudo en el barrio. La generación de excelentes compositores de rock a la que pertenece Springsteen va a entrar en la tercera edad. No es malo. Nos harán su crónica de ello. Será interesante.

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