No es que el cumplido acto de entrega del premio Conde de Barcelona a José Manuel Durão Barroso resultara de elevado y abierto calado europeo, sino que fue una manifestación, un testimonio, de la propia Europa en su pluralidad constitucional y capacidad democrática. Como glosó Javier Godó en su escueto y normativo parlamento. Con el que fijaba, de nuevo, la gran apuesta de La Vanguardia por la estabilidad colectiva y el rechazo de la "intolerancia y el totalitarismo", que en este país a tantos han afectado.

Comenzando por nuestro periódico, del que Durão Barroso recordó una crónica de Agusto Assia de hace medio siglo, dando fe de la voz de salida a la actual y fructífera Unión Europa. Como hubiera podido rememorar cuando, un siglo atrás, otro de los nombres emblemáticos que nos han precedido en estas páginas, Gaziel, publicaba sus lúcidos artículos sobre la terrible y enorme guerra inicial que devastó el continente. La Vanguardia ha existido y crecido informando y analizando a Europa, estando o pugnando por estar en ella.

Pero, además, si hoy nos resulta lógico aplaudir a don Juan Carlos, quien volvió a mantener, al encabezar el acto, la firmeza personal e institucional en las convicciones que al fin imperan en la España y la Europa de hoy, ¿qué habría sido de él y de cuanto representa sin la pluralidad y la - sí- civilización europeas? No porque sea el Rey podemos olvidar que es un español que nació en el exilio, en Italia, y que necesitó educarse en Suiza, todo ello en una época terrible. Que fue en Portugal donde logró tener su casa casi primera. Y que para entrar y estar en España, y al fin desempeñar aquí su alto papel, sufrió y por más de un concepto largos años oscuros. Si hacemos memoria histórica, que sea entera.

Sin Europa, en definitiva, ¿qué seríamos todos? A ella se remitían el espíritu y la práctica de la mayoría de los asistentes al acontecimiento, una Catalunya dirigente, creadora, buena parte de cuyas voces sobrestructurales se ha formulado siempre, ha sido defendida y estimulada - lo que se dice pronto, pero exige cuantiosas labores- a través de nuestro periódico. De ahí que debamos celebrar la categoría y la sagacidad de Durão Barroso al traernos, desde la Comisión que preside, un mensaje de armonía y pluralidad globales, reajustadas en la reciente cumbre de Lisboa. Y que, además, lo expresara en las tres lenguas peninsulares de mayor contenido histórico, demográfico y cultural: castellano, portugués y catalán. Y que después, en franco diálogo, nos reiterara su fe en el factor cultural, y en los políticos que lo asumen, como uno de los hondos garantes de la convivencia y la eficacia.

Empresa a la que nos llamó también el cuarto orador del acto, Antonio Garrigues, tan intelectual como internacional, recalcando que los ejes Pacífico y norteamericano alientan en paralelo al europeo, y que a cada cota alcanzada la meta se mueve exigiéndonos ir más allá. El acá de este más allá que es Europa.