El irracional debate político que vive habitualmente este país, probablemente fruto de la existencia de unas élites políticas que viven ajenas a la realidad de sus votantes, derivó en días pasados en una curiosa circunstancia. Resulta que el ministro Caldera, convertido ahora en un intelectual orgánico -ver para creer- ha anunciado que catorce personalidades del mundo de las ideas y de los movimientos sociales (dos de ellos están galardonados con el premio Nobel) participarán en la elaboración del programa electoral del Partido Socialista de cara a las próximas elecciones generales.
La idea, en sí misma, no es buena ni mala. Su fertilidad dependerá exclusivamente de las ganas que tengan los Stiglitz, Rifkin y compañía de trabajar en aras de ponerse al día y conocer la realidad de España. En algunas cátedras todavía resuenan las palabras de otro premio Nobel, el economista Gary Becker, quien cada vez que visitaba España lo primero que hacía era dudar de la viabilidad del sistema de pensiones. Han pasado muchos años, desde sus primeras visitas y lo cierto es que la Seguridad Social goza hoy de la mejor salud de su historia, lo que desde luego no significa que no haya que hacer reformas en el futuro en función de las nuevas circunstancias económicas y demográficas. Quiere decir este que la opinión de un galardonado por la academia sueca no es a priori ni mejor ni peor que la de cualquier otro analista. Salvo que meta las manos en harina y se ponga a trabajar sin aplicar lugares comunes o recetas precocinadas para otros lares.
El PP y la sociedad civil
Lo más sorprendente, con todo, es la reacción de algunos dirigentes del Partido Popular, que han venido a decir que los ‘galácticos’ de Zapatero ponen negro sobre blanco la insolvencia intelectual de los socialistas, que tienen que recurrir a expertos para elaborar su programa electoral. Vamos a ver. Que se sepa, el Partido Popular siempre ha reclamado un mayor papel de la sociedad civil en la cosa pública. Frente al estatalismo y la negación del individuo que, según los conservadores, practican los socialistas, lo que hay que hacer es situar en un primer plano a los ciudadanos y a los movimientos sociales por ellos representados. Por eso, sorprende que a estas alturas de la historia el PP critique que una organización importante, como es el PSOE, eche mano de intelectuales o líderes sociales para elaborar su apuesta programática.
Se equivoca el PP. Si algo necesitan los partidos es abrirse a la sociedad, y descorrer las cortinas ideológicas y orgánicas que les separan de los ciudadanos. Ojalá, algún día, la elaboración de los programas no sea fruto de las deliberaciones internas de un partido, sino del debate fructífero de sus votantes y de la sociedad en general. Sin miedo a la heterodoxia o al cambio político.
Así, por ejemplo, el PP, evitaría el sinsentido lanzado ayer por Mariano Rajoy en la clausura de la Conferencia Política de su partido. Dijo Rajoy, y se cita textualmente que “nuestro objetivo es que siete millones de personas que hoy pagan el Impuesto sobre la Renta dejen de hacerlo. Que no tengan que dedicar ni un mes, ni un día de su trabajo para pagar a Hacienda”
El mensaje puede resultar atractivo en términos electorales, pero es un auténtico atropello en términos de una concepción moderna del Estado. Los impuestos, por si no lo recuerda el señor Rajoy de sus tiempos de opositor a registrador, forman parte de la estructura del Estado. Ninguna nación puede pretender serlo sin constituir un sistema fiscal justo y equitativo, por lo que esos mensajes de que pagar impuestos es malo, son una auténtica calamidad. Sobre todo si se trata de impuestos directos que gravan en función de la capacidad económica del contribuyente, como, por cierto, determina la Constitución española. ¿O es que el líder del PP quiere cambiarla? Una cosa es plantear la necesidad de reformar el IRPF –bajando los tipos impositivos- para hacerlo más eficaz y equitativo y otra cosa muy distinta es lanzar un torpedo contra la línea de flotación del Estado moderno. Que no olvide el señor Rajoy que con palabras temerarias como las suyas quienes se benefician son los defraudadores, a quienes les falta tiempo para decir, precisamente, que no pagan impuestos porque son demasiado elevados.
La prueba del nueve de que Rajoy se equivoca la dio el mismo en su discurso, cuando con buen criterio dijo que lo importante es la educación “porque es la única garantía de la igualdad real entre los españoles”. Efectivamente, actuando sobre el gasto público, en materias como la Educación o la Sanidad, es como se puede mejorar un país, pero nunca sacrificando la política de ingresos, algo que al final influye en la equidad social. A no ser que el líder del PP se haya vuelto ácrata y defienda la desaparición del Estado. Todo es posible.

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