Josep Piqué, presidente de Vueling, reconoció en el Círculo de Economía que no todo lo que está pasando en Catalunya es culpa de los políticos. Piqué, que ha colgado la chaqueta de la res publica para ponerse la americana de la cosa privada, tiene la paz interior de quien lo ha sido casi todo en el Gobierno y la intranquilidad exterior de quien sabe que este país necesita mejorar su autoestima. Dos ideas figuraban en el argumentario de Piqué. Una, que el hiperliderazgo de Pujol durante 23 años comportó que la burguesía delegara en él su responsabilidad social. Dos, que hay que conseguir que la clase dirigente catalana articule las prioridades de la colectividad, ponga su agenda en la mesa y tire de la sociedad hacia delante.

Casi a la misma hora, Antoni Castells, conseller de Economia de la Generalitat y otra de las voces que sabe hacerse escuchar en Catalunya, independientemente de su cargo, aprovechaba el debate sobre los presupuestos del 2008 para advertir que el país no debe dejar que arraigue un clima de pesimismo y de derrota, para lo cual pidió compromiso a la colectividad y complicidad con la sociedad civil. No eran dos discursos idénticos, pero se podrían calificar de simétricos. En ambos casos, su alegato era una manera de subrayar que la política no es la única locomotora de un país y que necesita de la catenaria de la clase dirigente para impulsarlo por los raíles del progreso.

En unos momentos donde no hay un liderazgo fuerte en Catalunya, es imprescindible que la política aparezca como solución y no como problema, igual que resulta irreemplazable el protagonismo de la sociedad civil, entendida esta en su verdadero significado. Es decir, no concebida como el empuje de cuatro prohombres como se configuraba a principios del siglo XX, sino como el impulso que pueden dar todos aquellos que desde su posición de emprendedores hacen avanzar a Catalunya.

Empieza a haber conciencia de que el ejercicio del victimismo (más allá de que existen razones fundamentadas para la queja) puede acabar con el país en el diván del psicoanalista. El oasis catalán, donde nunca pasaba nada y donde los problemas se resolvían sin ruido, se ha quedado seco y hasta las palmeras amenazan con morirse. Es bueno renovar los conceptos dando actualidad a la idea kennediana de que hay que empezar a pensar qué podemos hacer por nuestro país antes que preguntarnos qué va a hacer el país por nosotros.

Las cifras no nos van en contra: Catalunya sigue aportando el 19% del PIB español y el comercio exterior ha crecido un 12% en el 2006. Además, Barcelona es la cuarta plaza de negocios preferida por los directivos europeos (tras Londres, París y Frankfurt) y la séptima ciudad del mundo en congresos internacionales. Pero más allá de las cifras y los estudios, los países son un estado de ánimo. Y, o cambiamos el chip, o caeremos en la depresión. Así que alguien, desde la política o desde la sociedad civil, debería ir vertebrando un discurso.