EL ANÁLISIS

Señoras y señores, la guerra ha comenzado. Zapatero dijo este fin de semana que la victoria no está asegurada. Rajoy cogió el balón y proclamó: "¡Vamos a ganar!". Zapatero dijo que las elecciones de marzo son más trascendentales que las del 2004 para consolidar el proyecto socialista. Rajoy dijo lo contrario: convocó a sus votantes para echar tierra sobre estos "cuatro años perdidos". Ha sido el comienzo formal de la contienda.

Pero ayer el protagonismo correspondió a Rajoy. Llegó al Madrid Arena arropado por más de diez mil entusiastas. Vinieron todos, hasta los alcaldes pedáneos. Y disfrutaron. Y los que tenían bandera del partido la agitaban emocionadamente. Y vitorearon al líder como si acabaran de descubrirlo. Se respiraba un aire de reconquista de la ciudadela perdida. Era la primera ocasión en cuatro años en que el PP dejaba ver moral de victoria. Un Rajoy dominguero y sin corbata dijo, también por primera vez, un discurso de futuro. Sus intenciones, dos: aglutinar al españolismo y pescar en el río de Zapatero. Su caña más espectacular fue lanzada a las aguas del socialismo, en busca del voto mileurista y asimilado. Se propone ganar por la cartera al inmenso colectivo de españoles de nómina escasa, ahorro menguante y cesta de la compra creciente. Le mete una cuña al Zapatero de las pensiones y el salario mínimo. Viene a decirle que él sí puede hacer la gran reforma social, que es la que permitirá vivir mejor a siete millones de españoles. El gran desafío que nace de esta conferencia es superar con promesas económicas la desconfianza política que tiene frenado al Partido Popular.

¡Ay, si lo consiguiera…! Siete millones de salarios bajos y medios, más el voto conservador de siempre, hacen una mayoría sobrada. Buena falta le hará, pues el resto de la oferta es valiente, quizá oportuna, quizá necesaria, aglutina al pensamiento españolista, pero sólo podrá ejecutarla desde la mayoría absoluta. Es más: dudo que, sin esa mayoría, pueda gobernar. Ni un nacionalista catalán, vasco o gallego se prestará a llevar a la Moncloa a quien propugna que sólo España se llame nación, que termine la "subasta de transferencias" o que se embride la política lingüística. Es más: a partir de ahora se pondrán en guardia frente al intento de rearmar al Estado. Y es que el ideal de "cerrar" el Estado autonómico es bello, pero imposible con el arco de partidos que habrá en el Congreso.

Rajoy abrió ayer un gran debate; quizá el mejor de todos los que han precedido a campañas electorales. Sumado lo dicho, más la política exterior y las iniciativas frente a ETA, nunca hubo una diferencia de ideas tan clara entre gobernante y aspirante. Ayer se dejó ver el anti-Zapatero. A ver lo que aguanta.