Resultaría arriesgado para CiU creer que una corriente silenciosa e imparable de independentismo recorre la sociedad catalana

No deja de antojárseme aventurado, aunque no asombroso, que el independentismo catalán convierta, o quiera convertir, el caos ferroviario en Cataluña en causa motora de la independencia.Sí resulta asombroso, en cambio, que una parte del nacionalismo moderado participe entusiásticamente de la idea y que incluso el presidente José Montilla viniera a darle carta de naturaleza oficialmente al referirse el otro día en Madrid al peligro de un alejamiento «irreversible» de Cataluña en relación a España.Parece que todo el mundo da por sentado que el actual «cabreo» aboca a la sociedad catalana a futuros más soberanistas. Pero, ¿es realmente así?

Fijémonos por ejemplo en los sectores empresariales. No estoy seguro, para nada, que sus reclamaciones de mejores infraestructuras vayan de la mano de la súbita extensión del independentismo entre sus filas. La valentía relativa de los empresarios no se debe tanto a un súbito ataque de patriotismo catalán, sino a la constatación de que el déficit de infraestructuras lastra la economía del país y, por consiguiente, la buena marcha de las empresas. Esa es la principal razón por la que, rompiendo su tradicional silencio, se han decido ha participar ellos también del debate en torno a la inversión del Estado en Cataluña. En cuanto al PSC, en los últimos días ha intentado compensar su soledad en la defensa de la irritante ministra Alvarez con la votación a favor de una participación «determinante» de Cataluña en el aeropuerto de El Prat (algo que había pedido CiU anteriormente) y con una invitación del consejero Castells -principal representante del ala catalanista del PSC- a la oposición para negociar juntos el nuevo sistema financiero catalán. Los socialistas, que aspiran a dominar el arte de la ambigüedad como lo hiciera el maestro Pujol, a quien hoy algunos de ellos tanto admiran, no hacen otra cosa que ceñirse a lo que manda el manual, esto es, emplearse a fondo para, aprovechando todos los resortes y pese a sus puntos débiles, hacer del voto al PSC un voto si no atractivo sí plausible para las zonas templadas y concurridas del espectro político.

Pero volvamos al principio. Confiar en que unos trenes parados nos llevarán a la independencia es confiar mucho. Estoy convencido, por otra parte, que la opción independentista, como las demás, parte de bases más profundas y complejas. En consecuencia, puede que estemos ante puro y duro wishfull thinking, esto es, que sea una hipótesis emparentada más con el deseo que con la razón.Es obvio, sin embargo, que si los partidos centrales de Cataluña destinan su tiempo y energías a hablar una y otra vez sobre la independencia de Cataluña, la posición política y electoral que se ve progresivamente reforzada es la de ERC. Además, para CiU resultaría sumamente arriesgado creerse, como predican algunos, que una corriente silenciosa pero imparable de independentismo recorre la sociedad. Resultaría sumamente arriesgado en la medida que eso la empujara a abandonar sus convicciones y estrategias para acometer el incierto traslado hacia los aledaños de ERC.La federación comandada por Artur Mas -al cual habrá de escuchar atentamente en su muy anunciada conferencia del martes- se equivocaría radicalmente si mutara hasta devenir una especie de avatar, de réplica, del partido de Carod-Rovira y Puigcercós pero ubicado más a la derecha.

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